sábado 14 de febrero de 2009

Febrero.

Ha salido el sol. Lleva varios días sin que le moleste ninguna nube y a ratos casi hace calor. A la gente le ha sorprendido tener que quitarse el jersey en el jardín a la hora del paseo y se ha formado un corrillo. Algunos decían que no era normal tan buena temperatura en estas fechas y otros argumentaban que sí. Así han estado un rato debatiendo y levantado la voz hasta que alguien ha dicho: "En febrero, busca la sombra el perro...". Y todos se han callado asumiendo que este era el argumento que necesitaban para zanjar la discusión. Pero después de un momento de tranquilidad otro ha añadido: "... a finales, no a primeros". Y como estamos a día 14, justo en el medio, se han vuelto a enzarzar.
El caso es que a los árboles les asoman ya las yemas o los brotes (no estoy seguro de la diferencia), y las zonas del césped que estaban secas se empiezan a cubrir de verde. La gente parece más activa y animada. Se habla más alto, se escuchan más risas y todo el mundo se demora para ir las terapias, e incluso cuando llaman para comer. La rutina, el lugar y las personas son las mismas, pero extrañamente todo parece costar menos: te levantas sin tanto esfuerzo, no te importa afeitarte (te das cuenta porque las enfermeras dejan de insistir), hablas más, estás contento a ratos y por momentos no te pesa el llevar muchos meses de ingreso.

¿Está todo bien? Pues eso parece. Incluso los terapeutas están más relajados y sonrientes. Bueno, no todos. Veréis. Esta tarde me he acercado un rato al mostrador de enfermería. Estaban charlando el Dr. Rubén, el Dr. Enrique, el Dr. Ángel y la enfermera María. También hablaban sobre el tiempo y decían que ya era hora de que mejorara un poco, que repercutía positivamente en los pacientes, que todo se hace más cómodo... y cosas así. Pero el Dr. Angel, que yo creo que es un poco pesimista, decía que vale, que en parte era de esa manera, pero que "en cuatro días verás como se ponen los bipolares". Yo ya sabía lo que eran los bipolares. Son los que sufren episodios de euforia y depresión, pero no sabía porqué los relacionaba el doctor Angel con el buen tiempo. Y al parecer sus compañeros tampoco, porque no le hacía mucho caso y le decían que era un "agorero".

Pero entonces se ha escuchado un grito por el pasillo. Y luego un portazo. Y luego se ha visto a Eduardo (que es un "bipolar") corriendo a todo trapo desnudo por el pasillo, al grito de "¡yo soy la razóooooooon!". Y los terapeutas han puesto cara de susto (menos el doctor Angel), y han salido corriendo detrás de Eduardo, (menos el Dr. Angel, que como es más mayor y nunca le he visto correr, se ha quedado quieto meneando la cabeza como diciendo: si ya lo sabía yo). Y en menos que canta un gallo se ha formado un grupo en el que delante iba Eduardo corriendo desnudo como si estuviera poseído, y detrás los terapeutas con la lengua fuera. Y así han estado un rato persiguiéndole, dado vueltas por el edificio y el jardín, mientras algunos pacientes se morían de risa, otros se unían a la persecución y Julio el gordito aprovechaba para robar galletas.

No he podido ver cómo ha terminado la cosa, pero a última hora Eduardo estaba sujeto a la cama, con ración doble de medicación y durmiendo como un bendito.
He querido salir un rato al jardín pero hacía un buen rato que se había metido el sol y ya no era tan agradable. Entonces he ido a mi cuarto pensando que había sido un día bueno y divertido, pero con la extraña sensación de que me faltaba algo, sin saber el qué. Y esa sensación se ha mantenido durante la cena, y mientras todos comentaban la anécdota de Eduardo, yo no podía parar de pensar en el refrán de "febrero y el perro". Y no ha sido hasta que ya llevaba un buen rato en la cama sin poder dormir, cuando me he dado cuenta: ¡era 14 de febrero, el día de los enamorados! Entonces he visto que faltaban apenas quince minutos para las doce y me he levantado a todo correr. He escrito unas palabras en una hoja de mi cuaderno, la he arrancado y sin hacer mucho ruido he salido corriendo hacia el otro lado del pasillo. No he llamado mucho la atención de las enfermeras porque había algunos pacientes que se habían levantado a fumar. Así que al final he conseguido llegar al cuarto que quería. He abierto la puerta, pero antes de entrar he arrancado una rama de hojas verdes de la maceta del pasillo. Y entonces, ya dentro, he visto a Cristina con su pelo rubio y lacio, que casi le cubría la cara por completo, descansando plácidamente. Y sin hacer ruido me he acercado y la he mirado un rato. Entonces ella ha hecho un gesto y yo me he apresurado a dejar la nota y la rama en su mesita de noche y he salido aprisa.
Y finalmente he llegado a mi cuarto y me he metido en la cama con el corazón acelerado. Entonces he mirado el reloj, y al ver que eran las doce menos cinco, satisfecho, y sin darme cuenta, me he quedado dormido.