sábado 27 de diciembre de 2008

El dibujo.

Ya se han pasado las Navidades. Al final salí el día 24 y me dejaban quedarme hasta el 25 por la tarde, pero tuve que volver al hospital por la mañana. Pero no quiero hablar de eso. No quiero hablar de nada en realidad. Estoy como revuelto, nervioso. Se lo comenté al Dr. Rubén y me dijo: "¿Te acuerdas de Saray?". Y yo, "pues no". Y él: "Sí hombre, estuvo aquí hace unos meses. Te contaré una anécdota que pasó con ella. Verás. Estábamos en la terapia de grupo. Otra paciente estaba contando que tenía náuseas, que apenas podía oler la comida y que cada vez que se metía algo en la boca acababa vomitando. Le habían hecho un montón de pruebas y no daban con lo que le pasaba. Nos quedamos todos callados porque no sabíamos qué decirle. Entonces Saray pidió la palabra y la preguntó muy seria: óyeme una cosa, ¿a ti te da asco la comida?. La otra se le quedó muy intrigada mirándola porque parecía que tenía por fin la solución a lo que le pasaba. Le contestó: pues sí, me da asco. Entonces Saray cogió una bocanada de aire, se irguió en la silla y sonrió satisfecha. Pues ya sé lo que tienes, le dijo. Lo que te pasa es que tienes... asco. Y eso fue lo que pasó".


Me quedé mirando al Dr. Rubén. Él me miraba a mí. Creo que suponía que debía entender porqué me contaba esa historia. Pero la verdad es que no entendía nada. Más bien pensaba que se le había ido un poco la chaveta, o que se estaba burlando de mí. Después de un rato, y como vio que yo no decía nada, me puso la mano en el hombro, suspiró y me dijo: "Vale que Saray no era muy lista, chico, pero llamaba a las cosas por su nombre. Tú no estás revuelto ni nervioso. Lo que te pasa es que estás cabreado. Y tendrás que averiguar porqué". Y se entonces fue.


Me quedé muy pensativo. Resulta que estaba enfadado... ¡y no me había dado cuenta! Por un lado sentí cierto alivio (al menos ya podía poner nombre a lo que me pasaba) pero por el otro no. Ahora tenía dos problemas en vez de uno: descubrir el porqué y pensar en cómo no me había dado cuenta antes yo sólo. Decidí centrarme en el porqué del enfado. Quizá así se me pasaría el malestar.


Estuve un buen rato dándole vueltas, pero no encontraba nada. Traté de recurrir otra vez al Dr. Rubén pero hacía un rato que se había marchado, así que volví a la sala y estuve paseando con la cabeza baja. Nada. Salí entonces al jardín. Hacía frío y no había casa nadie, pero cerca de la valla me topé con Guillermo. Me preguntó que qué me pasaba, y yo le dije lo del enfado y que no hallaba el motivo. ¿Lo has pensado bien?, me dijo. Y yo, que sí, que llevo un buen rato dándole vueltas y nada. Entonces me propuso algo: "Verás, cuando a mí me pasa algo parecido tengo un truco. Cojo una hoja en blanco y un lápiz. Entonces cierro los ojos, me relajo, deja la mente en blanco y me pongo a pintar. Así, sin pensar, cualquier cosa que salga durante un rato. Y después abro los ojos y lo miro. Y ahí está la solución".


Me pareció un poco infantil este método (ya sabéis además que Guillermo es el paciente más joven de aquí), pero como le vi tan ilusionado decidí darle una oportunidad. Fuimos los dos a mi cuarto, cogí papel, lápiz, dejé la mente en blanco y...


Cuando abrí los ojos entendí con claridad cual era la razón de mi enfado, pero no me sentí mejor. En el folio había dibujado una chica muy delgada, rubia de pelo lacio, que era Cristina. Y a su lado un hombre gordo y un poco calvo que la cogía de la mano, que era Carlos. Debajo de los dos había una cama, pero sólo le había puesto tres patas porque me había salido del folio. "Son Cristina y Carlos, ¿verdad?", me preguntó Guillermo. "Sí, los vimos el otro día". "¿Ahora que sabes porqué estás enfadado te sientes mejor?". "No -le dije- creo que estoy peor". Entonces puso su mano sobre la mía, en la que tenía el lápiz, me guió sobre la figura de Carlos y la tachó hasta que ya no se le reconocía."Y ahora, ¿te sientes mejor?". "Ahora sí", le dije. "Pues entonces ya sabes lo que tienes que hacer".


Vale, ya sabía el porqué y la solución. Sólo me faltaba averiguar el cómo. Guillermo me sonrió y me acercó una nueva hoja en blanco, pero le dije que estaba muy cansado por hoy y que pensaba dejarlo para más tarde. Pareció un poco defraudado y entonces se fue. Yo decidí guardarme el dibujo en el bolsillo de atrás, y volví a la sala a ver un rato la tele. ¡Ponían una de romanos!.

lunes 22 de diciembre de 2008

Sancho.

Esta semana llega la Navidad, así que el hospital se queda medio vacío porque a muchos pacientes les dejan salir por unos días para estar con la familia. Creo que yo también saldré, pero aún no lo sé seguro. Me contó el doctor Angel que mis padres estaban un poco preocupados por mí, que no me veían bien en los últimos días, que estaba como ausente y que había dado un puñetazo a la pared la última vez que salí y no sé qué cosas más. La verdad es que yo me veo bastante bien de mi enfermedad y no tengo ni idea de porqué lo dicen, pero si no quieren que salga no me importa. Cristina, Carlos y Alfonso creo se van a quedar y me parece que también Parrón, así que podría pasar las fiestas aquí con ellos. Además llevo varios días pensando en algo que me tiene ocupado y podría aprovechar para investigar un poco más.

Veréis. Desde la primera novia que tuve (Rosita, ya os hable hace tiempo) no he vuelto a salir con ninguna chica. A mí me gustaba mucho, pero como fue justo antes de caer malo, me están entrando dudas de si estaba realmente "enamorado" de ella o no. El caso es que quiero saber qué es lo que se siente cuando uno se enamora para poder darme cuenta cuando me pase (o por si me está pasando ya) y he empezado a pedir a algunos compañeros del hospital que me cuenten sus experiencias.

Ya he tenido algunas respuestas: "no dejas de pensar en esa persona", "quieres estar todo el rato con ella", "se te estimula el bajovientre", "te duele la cabeza", "oyes campanas y voces en tu mente, pero no se lo digas al psiquiatra porque te sube la medicación", "te pones rojo cuando la ves", "te dan ganas de mear", "quieres matar a sus padres para que sólo pueda estar contigo", y cosas así. He visto que tengo alguna de estas pero no me ha quedado muy claro.
También he preguntado por las cosas que la gente hace por amor y las respuestas han sido muy variadas. Alguien me ha dicho: "Pregúntale al de la 215". Y yo: "¿Al grandullón que casi no habla y que cada vez que llueve sale al jardín y se queda empapado, y las enfermeras le echan la bronca porque lo pone todo perdido?". "Sí a ese".

Así que me he ido a buscarle a su habitación (la 215) y no estaba allí. Entonces he visto que había empezado a llover un poco y he salido a buscarle al jardín. Como las enfermeras se enfadan se había escondido detrás del edificio de las cocinas, por lo que me ha costado un poco encontrarle. No tenía muchas esperanzas de que me contara nada (lleva mucho tiempo aquí y casi no se habla con nadie), pero cuando le he dicho que estaba investigando sobre el amor me ha sonreído y me ha invitado a hablar con él. (Yo me he quedado debajo del tejadillo de las cocinas porque ya empezaba a llover más fuerte). Y aquí os pongo lo que me ha contado.

El de la 215 se llama Sancho. Una vez, cuando era más joven, se enamoró perdidamente de una chica. Era una mujer bellísima y cuando Sancho encontró las fuerzas para declararse ella le dijo que también le quería, así que en poco tiempo decidieron casarse. No había dos personas más felices en el mundo. Poco antes de la boda el padre de la chica enfermó y lo llevaron al hospital. No parecía nada grave pero tenía que pasar algunos días ingresado. Una tarde ella le dijo a Sancho que tenía que salir a visitar a su padre. Ese día llovía. La chica preguntó a Sancho por el paraguas, pero Sancho le dijo que no se lo llevara, que lo iba a coger él un poco más tarde, y total, el hospital no quedaba lejos y apenas caían cuatro gotas. La chica bajó y empezó a llover más fuerte. Como no quería mojarse echó a correr. La lluvia había formado algunos charcos con barro y en uno de estos la chica metió el pie y resbaló, con la mala fortuna de que se golpeó en la cabeza y murió. Sancho quedó destrozado y se deprimió muchísimo. No consiguió levantar cabeza y por eso decidieron ingresarlo en el psiquiátrico a ver si se recuperaba.

Esto pasó hace cinco años y Sancho sigue bastante deprimido. Entonces le he preguntado porqué se ponía bajo la lluvia, aunque creo que ya sabía la respuesta. Me ha dicho: "Por dos razones: la primera es porque ella murió porque yo no quise mojarme aquel día. Y la segunda es porque estando aquí evito que llegue toda la lluvia al suelo y que se formen charcos con barro, y así nadie meterá nunca más los pies en ellos".

Yo me he quedado muy triste y me ha dado mucho pena verle ahí empapado en la lluvia. He pensado decirle que en vez de ponerse él, podía poner un cazo, que también recoge el agua, pero al final no le he dicho nada y me he ido.

Con tantas respuestas y la historia de Sancho (que vale que sería de amor, pero era muy triste) me he quedado un poco confuso en esto de saber qué se siente o qué es lo que uno hace cuando está enamorado. Así que tendré que seguir investigando, y si al final no me saca mi familia a pasar las fiestas de Navidad, pues no me importará.

miércoles 10 de diciembre de 2008

Cirilo.

Tengo la cabeza un poco embotada en los últimos días. Me levanto, hago mi cuarto, me ducho, voy a las terapias, como, la siesta, fumar y todo lo demás. Pero tengo la sensación de que lo hago automáticamente: no pienso en nada, y nada me preocupa, ¿sabéis?. Tan sólo lo hago y ya está. Y no es que yo sea el único que lo ha notado. Alfonso, que no mira a los ojos pero se entera de todo, me dijo: "Chico, no sé qué te pasa, pero vas como un zombie". Y Parrón: "¡Parece que tienes menos memoria que un pez!".
La verdad es que yo estaba tan a gusto. Vale que me rondaba la sensación de que me perdía algo, y que esto de ir "como un zombie" no estaba del todo bien. Pero sentía que también se ganaban cosas: disfrutas el momento, no te preocupa el pasado, ni lo que está por venir, bajan tus necesidades... Tan sólo vives y ya, ¡y en algún sitio leí que era bueno eso de vivir el momento!
Pero después de varios días, y sobre todo cuando ayer fui al comedor por segunda vez para preguntar lo que había de comer y me dijeron que si estaba tonto, que ya había comido hacía media hora, decidí consultarlo.

Ya os comenté que aquí en el hospital (cuando ya llevas un tiempo, claro) cada uno tiene su función. Y todo el mundo sabe que cuando tienes que consultar algo importante, vas donde Cirilo. No me refiero a consultas de la enfermedad, o de los síntomas o la medicación, o de las normas (para eso vas donde el psiquiatra o las enfermeras o alguno de los terapeutas). No, me refiero a las cosas verdaderamente importantes: las cosas de la vida. Y aquí es a Cirilo al que hay que ir a ver. Porque, aunque fuera es ganadero, su función aquí es la de "consejero de las cosas de la vida".

Yo ya le había consultado hace unos meses, al poco de ingresar, porque sentía mucha angustia que no se me quitaba con la medicación. La medicación me dejaba dormido, eso sí, pero en el fondo de mí seguía sintiendo un nudo y un vacío al mismo tiempo dentro del estómago. Alguien me dijo: ve donde Cirilo y consúltale. Así lo hice. Estaba sentado en el salón, viendo la tele. Le expuse lo que me pasaba. Apartó la vista de la tele y me miró algo contrariado. Entonces me dijo: "Te crees más de lo que eres y eres más de lo que te crees". Y siguió mirando el programa, sin decir nada más.
No tengo ni idea de lo que me quiso decir, pero me pasé tres días dándole vueltas y para cuando me quise dar cuenta ya se me había olvidado lo de la angustia.

Así que como aquella vez me había ido bien, volví a consultarle de nuevo. Lo encontré echando una partida de cartas con otros pacientes y tuve que esperar a que terminara. Luego me acerqué. Estaba de buen humor porque había ganado y cuando le pedí permiso para hacerle una consulta me dijo "claro que sí hombre, siéntate a mi lado".

Y antes de que yo dijera nada, él se puso a hablar. Y me contó una historia de cuando él era joven y trabajaba como carnicero. Y me contó cómo se enamoró de una chica y de que estaba tan colado por ella que cada vez que la miraba se quedaba sin habla. Sacó fuerzas y la invitó a salir y ella le dijo que sí y fue el hombre más feliz del mundo. Pero un día, por casualidad, la vio con otro hombre. Se sintió morir y un rabia infinita le nació dentro de sí. Quiso encarar a ese hombre, pedirle explicaciones, matarlo si hacía falta... Trató de reprimir esos sentimientos, pero a los tres días salió a buscarle, con todas las consecuencias. Recorrió cada uno de los bares del puerto, y al llegar al último, vio que su novia se besaba con un hombre, pero era otro diferente del que había salido a buscar. Se quedó clavado en medio del bar y pensó: "la que es puta, es puta" y entonces se fue.

Cirilo me había hablado sin apenas mirarme. Pero en ese momento clavó los ojos en mi y me dijo: "Me destrozó el corazón. Pasé los peores momentos de mi vida. Pero, ¿sabes una cosa? Ni un sólo día dejé de ordeñar las vacas". Entonces se levantó muy despacio y se fue, dejándome allí sentado tratando de descifrar qué es lo que había querido decir. No lo conseguí, pero durante toda la tarde fui notando cómo la memoria se me aclaraba y recordaba con claridad todo lo que había sucedido antes, y pensaba en lo que vendría después. Y también notaba la pena y la ansiedad crecer dentro de mí, la desgana, la risa, la ilusión, la desesperanza. Por un instante quise olvidarme de todo, vivir tan sólo el presente, el momento, que todo lo demás desapareciera. Pero no pude. Porque cuando uno ya ha visto, no puede dejar de ver.

jueves 4 de diciembre de 2008

Saber y no saber.

A eso de las tres de la mañana me desperté sobresaltado, pero no grité ni nada. Me quedé quieto, inmóvil, recostado en la cama apoyado sobre los codos. Tenía la frente sudorosa, y traté de secármela con la manga. Tardé un rato en reaccionar, pero antes de verle ya sabía que estaba a mi lado, mirándome. Era Guillermo (ya os hable de él, es el más joven de nosotros). Habló rápido y en voz baja: "Vamos, sígueme. Rápido...". E inmediatamente se giró para salir.

No me preguntéis porqué sabía que eran las tres, pero una vez en el pasillo vi el reloj de la sala de la tele que marcaba esa hora. Había salido detrás de Guillermo así, sin más. Sin preguntarle siquiera porque venía a despertarme a esas horas, y a dónde quería que le siguiese. Pero por alguna extraña razón que no acababa de entender, sentía que tenía que hacerlo. En cualquier caso él era el pequeño y a falta de otra explicación, me veía en la obligación de evitar que se metiera en líos a esas horas de la noche...

Yo imitaba lo que iba haciendo: cómo caminaba pegado a la pared, sigiloso, y también cómo esperó a que la enfermera del turno de noche se girara un instante, antes de cruzar al pasillo de enfrente. No fue difícil evitarla, porque a esas horas sólo dejan unas luces muy suaves (de emergencia o algo así). Ya fuera de su vista cogí a Guillermo por la manga y le dije en bajo (pero con la intención de que sonara serio): "¿Me vas a decir ahora dónde me llevas?". Me miró cariacontecido y me dijo: "Hay una cosa que debes saber. Lo saben todos". Siguió caminando, por el pasillo, ahora con más tranquilidad, porque ya era más difícil que nos encontráramos a nadie. El corazón me empezó a palpitar con fuerza. Entonces fue Guillermo el que tuvo que girarse para animarme a seguir.

Empecé a ponerme cada vez más nervioso. Nos dirigíamos a las habitaciones de final del pasillo. Sentí que no quería ir, que quería volver a mi habitación a taparme con las sábanas y olvidarme de todo eso. Pero no lo hice. Llegamos al final. A la izquierda estaba la habitación de Roberto (que cree que es el hijo de los reyes Católicos) y de Alfonso, pero no íbamos a esa, sino a la que estaba enfrente. Guillermo entornó la puerta con la mano. Dentro se veía el bulto de Carlos tapado por las sábanas. Carlos no comparte habitación con nadie, porque está gordo y ronca y si no hay exceso de pacientes tratan de dejarle sólo en la habitación.
Pero esa noche no estaba sólo. Había alguien con él en la cama y los dos se movían juntos y hacían ruido. Yo me tapé los oídos con las manos y moví la cabeza. Guillermo me miró y a pesar de que me tapaba los oídos podía escuchar con total claridad lo que me decía: "Ya sabes quién está con él", penetraban sus palabras en mi mente, "siempre lo has sabido. Es hora de que lo reconozcas y de que hagas algo, si en verdad la quieres".
Yo seguí moviendo la cabeza. No, no quería saberlo, no quería. Entonces el ruido cesó. Los cuerpos dejaron de moverse y se giraron (debieron de habernos oído), destapándose el pelo rubio y lacio de Cristina y su cuerpo esquelético.

No sé si llegaron a vernos o no. Yo empujé con todas mis fuerzas a Guillermo y salí corriendo por el pasillo, de vuelta a mi habitación. Tenía la mente embotada y no me preocupé de no hacer ruido, ni de Guillermo, ni de la enfermera del turno de noche, ni de nada. Tan sólo quería llegar a mi cama y taparme con las sábanas. Y eso es lo que hice. Cuando al cabo de un rato pararon los latidos de mi corazón y conseguí respirar con tranquilidad, volví a oír la voz de Guillermo: "Ahora no puedes no saber -dijo-. Y la pregunta es: ¿Qué es lo que vas a hacer?". Ni siquiera me destapé para mirarle. Seguí con la cabeza debajo de las sábanas, hasta que al final, me quedé dormido.