Ya se han pasado las Navidades. Al final salí el día 24 y me dejaban quedarme hasta el 25 por la tarde, pero tuve que volver al hospital por la mañana. Pero no quiero hablar de eso. No quiero hablar de nada en realidad. Estoy como revuelto, nervioso. Se lo comenté al Dr. Rubén y me dijo: "¿Te acuerdas de Saray?". Y yo, "pues no". Y él: "Sí hombre, estuvo aquí hace unos meses. Te contaré una anécdota que pasó con ella. Verás. Estábamos en la terapia de grupo. Otra paciente estaba contando que tenía náuseas, que apenas podía oler la comida y que cada vez que se metía algo en la boca acababa vomitando. Le habían hecho un montón de pruebas y no daban con lo que le pasaba. Nos quedamos todos callados porque no sabíamos qué decirle. Entonces Saray pidió la palabra y la preguntó muy seria: óyeme una cosa, ¿a ti te da asco la comida?. La otra se le quedó muy intrigada mirándola porque parecía que tenía por fin la solución a lo que le pasaba. Le contestó: pues sí, me da asco. Entonces Saray cogió una bocanada de aire, se irguió en la silla y sonrió satisfecha. Pues ya sé lo que tienes, le dijo. Lo que te pasa es que tienes... asco. Y eso fue lo que pasó".
Me quedé mirando al Dr. Rubén. Él me miraba a mí. Creo que suponía que debía entender porqué me contaba esa historia. Pero la verdad es que no entendía nada. Más bien pensaba que se le había ido un poco la chaveta, o que se estaba burlando de mí. Después de un rato, y como vio que yo no decía nada, me puso la mano en el hombro, suspiró y me dijo: "Vale que Saray no era muy lista, chico, pero llamaba a las cosas por su nombre. Tú no estás revuelto ni nervioso. Lo que te pasa es que estás cabreado. Y tendrás que averiguar porqué". Y se entonces fue.
Me quedé muy pensativo. Resulta que estaba enfadado... ¡y no me había dado cuenta! Por un lado sentí cierto alivio (al menos ya podía poner nombre a lo que me pasaba) pero por el otro no. Ahora tenía dos problemas en vez de uno: descubrir el porqué y pensar en cómo no me había dado cuenta antes yo sólo. Decidí centrarme en el porqué del enfado. Quizá así se me pasaría el malestar.
Estuve un buen rato dándole vueltas, pero no encontraba nada. Traté de recurrir otra vez al Dr. Rubén pero hacía un rato que se había marchado, así que volví a la sala y estuve paseando con la cabeza baja. Nada. Salí entonces al jardín. Hacía frío y no había casa nadie, pero cerca de la valla me topé con Guillermo. Me preguntó que qué me pasaba, y yo le dije lo del enfado y que no hallaba el motivo. ¿Lo has pensado bien?, me dijo. Y yo, que sí, que llevo un buen rato dándole vueltas y nada. Entonces me propuso algo: "Verás, cuando a mí me pasa algo parecido tengo un truco. Cojo una hoja en blanco y un lápiz. Entonces cierro los ojos, me relajo, deja la mente en blanco y me pongo a pintar. Así, sin pensar, cualquier cosa que salga durante un rato. Y después abro los ojos y lo miro. Y ahí está la solución".
Me pareció un poco infantil este método (ya sabéis además que Guillermo es el paciente más joven de aquí), pero como le vi tan ilusionado decidí darle una oportunidad. Fuimos los dos a mi cuarto, cogí papel, lápiz, dejé la mente en blanco y...
Cuando abrí los ojos entendí con claridad cual era la razón de mi enfado, pero no me sentí mejor. En el folio había dibujado una chica muy delgada, rubia de pelo lacio, que era Cristina. Y a su lado un hombre gordo y un poco calvo que la cogía de la mano, que era Carlos. Debajo de los dos había una cama, pero sólo le había puesto tres patas porque me había salido del folio. "Son Cristina y Carlos, ¿verdad?", me preguntó Guillermo. "Sí, los vimos el otro día". "¿Ahora que sabes porqué estás enfadado te sientes mejor?". "No -le dije- creo que estoy peor". Entonces puso su mano sobre la mía, en la que tenía el lápiz, me guió sobre la figura de Carlos y la tachó hasta que ya no se le reconocía."Y ahora, ¿te sientes mejor?". "Ahora sí", le dije. "Pues entonces ya sabes lo que tienes que hacer".
Vale, ya sabía el porqué y la solución. Sólo me faltaba averiguar el cómo. Guillermo me sonrió y me acercó una nueva hoja en blanco, pero le dije que estaba muy cansado por hoy y que pensaba dejarlo para más tarde. Pareció un poco defraudado y entonces se fue. Yo decidí guardarme el dibujo en el bolsillo de atrás, y volví a la sala a ver un rato la tele. ¡Ponían una de romanos!.