jueves 20 de noviembre de 2008

El doctor Rubén.

Ha sido este un día algo complicado. No porque hayamos hecho nada diferente (las terapias han sido las mismas) pero por algún motivo los temas que han salido nos han removido mucho a todos. Al principo la gente estaba callada o hablaba muy poco. Parecía que iban a ser terapias en las que terapeutas y pacientes sólo quieren "cumplir el expediente", y que llegue la hora del descanso. Pero entonces alguien ha empezado a hablar de su infancia, y que lo pasó muy mal. Y luego ha enganchado otro y que él lo pasó peor, y otro que "y yo más", "pues no sabéis lo mío", "espera que te cuente yo"... Y así se ha llenado la hora con historias de maltratos, palizas y que si abusos sexuales (aquí yo me he puesto tenso y he pensado en otras cosas por un rato), abandonos y cosas así. El terapeuta era el doctor Rubén (el novato) y ha salido con mala cara. Y no ha sido el único.


Ya por la tarde había ruidos en el pasillo. En un momento se han transformado en gritos y se ha juntado un montón de gente. "Qué pasa?, decían. Y alguien, "es Javier, que se ha puesto nervioso. Dice no sé qué de que no se va a tomar la medicación, y que no le toque nadie, que al que se acerque le sacude y no sé cuántas cosas más". Javier había estado en la terapia por la mañana y ha hablado un buen rato de su infancia. Supongo que ha hablado del tema ese de los abusos, que es cuando yo no estaba muy atento.

Los terapeutas trataban de calmarle, pero era imposible. Se había puesto contra la pared y agitaba a cada momento los brazos. Todos sabíamos lo que iba a pasar: que después de un rato llamarían a los guardias de seguridad y que sujetarían por la fuerza a Javier, le atarían a la cama y le pincharían la medicación (a mí ya me pasó una vez pero eso ya os lo contaré otro día).


Ya iba una enfermera hacia el teléfono para llamar, cuando ha aparecido el doctor Rubén. Entonces le ha dicho a la enfermera que dijera a todos que se retiraran mientras él se quedaba un poco apartado, mirando como todos se iban. Javier permanecía apoyado tenso contra la pared del pasillo. Entonces el doctor Rubén empezó a caminar despacio, muy tranquilo. Javier lo vió y se encaró hacia él con gesto amenazante. Le dijo algo feo y apretó los puños. El doctor Rubén le sonrió y le dijo: "tranquilo hombre que no te voy a hacer nada, tan sólo charlar un rato". Pero Javier no parecía muy dispuesto a charlar ni a nada y dió un paso atrás. En ese momento el doctor Rubén dío un grito y se llevó la mano a la rodilla apoyándose con la otra en la pared. "¡Maldita sea, ya me ha dado otra vez!", dijo. Javier le miró con cara de preocupación. No sabía cómo reaccionar. En estas el doctor Rubén le dijo: "Por favor Javier, échame una mano, que yo sólo no puedo". Javier dudó un segundo pero finalmente se acercó y le sujetó del brazo. Entonces todos vimos como se iban caminando juntos, el uno haciendo de bastón del otro, que cojeaba aparatosamente, hacia uno de los despachos.


No se escuchó nada durante un par de minutos. Entonces apareció la cabeza de Javier por la puerta, que dijo: "Por favor enfermera. El doctor dice que necesita un antinflamatorio y que ya de paso traiga también mi medicación". No tardaron ni un segundo en llevársela y cuando la tuvo se volvió a cerrar la puerta.
Cinco minutos más tarde salían los dos otra vez juntos. Javier sujetaba aún al doctor Rubén, que ya cojeaba menos y le decía: "doctor, ahora váyase pronto a su casa y descanse esa rodilla". Y el otro respondía: "Gracias Javier. Has sido muy amable, así lo haré". Y se despidieron con un apretón de manos.
Todo el mundo volvió a sus quehaceres y Javier estuvo tan tranquilo toda la tarde, preguntando a ratos cómo estaba el doctor.


Yo no quise decirle nada pero vi por la ventana al doctor Rubén cuando se marchaba a su casa. Ya no cojeaba nada. Y no sé si es que la medicación esa que pidió era muy fuerte, o que el doctor Rubén ya no es tan novato como me parecía...


lunes 17 de noviembre de 2008

Vacaciones.

Hola de nuevo. Habréis visto que he estado muchos días sin escribir. No es que haya estado con fiebre, ni malo ni nada de eso. Lo que ha sucedido es que he estado... ¡de vacaciones! Sí, yo tampoco me lo podía creer. Pasó muy rápido, casi de un día para otro. Veréis. Una mañana se me acercó el Dr. Angel y me preguntó si ya había recogido mis cosas. Yo no sabía de lo que me estaba hablando. "¿No te lo han dicho tus padres? Les planteamos hace unos días que podías salir con ellos una semana. Pensé que ya lo sabrías". Me quedé helado. ¡Salir una semana! Ni le contesté. Fui a mi cuarto a todo correr, recogí mis cosas y me quedé esperando a que vinieran a buscarme. Iban a venir mis padres a las cuatro, pero finalemente llegaron a las siete y media. Atravesamos la valla de alrededor y montamos en el coche. Os pongo un resumen de las cosas que hice derante estos días:

-Mi madre me decía lo bien que me veía y movía mucho los brazos al hacerlo. Mi padre estaba callado casi todo el rato: creo que es porque le tocaba conducir cuando íbamos a ver a otros familiares. A él no le gusta mucho conducir. Mi hermana había ocupado todo mi cuarto con una cama nueva. Mi madre me dijo que no me preocupara porque podía dormir en el sofá. Es bastante cómodo, y algunas noches me puse un rato la tele.

-Vimos a algunos tíos, primos, abuelos y otros familiares. A veces íbamos a su casa y a veces venía ellos a la nuestra. Se alegraban de verme, se quedaban a tomar un café y se iban cuando lo terminaban. Yo también tomaba café. En el hospital dan descafeinado, así que si nos visitaba más de un familiar, esa noche no pegaba ojo y es cuando ponía la tele.

-Mis padres discutían bastante menos (también deben están mejor). A mi hermana la vi poco. Parece ser que se ha hecho "heavy" y no ha parado de ir a conciertos. Le pregunté que si me llevaba a alguno, pero me dijo que no me iba a gustar. Aproveché para leer mis viejos libros de astronomía y filosofía, que me gustaban mucho antes de caer malo. Al principio me parecieron algo aburridos, pero después de unos días volví a cogerles el gusto.

-Me fijé que había una grita en la puerta de uno de los armarios del salón que hice con un puñetazo cuando me dio una de las crisis. Durante la semana que estuve en casa pensé en arreglarla. Las personas tienen que arreglar las cosas que rompen o que hacen mal.

-Uno de los días fuimos a la playa. Mi hermana no, porque había ido esa noche a un concierto y estaba cansada. Mi padre se pasó casi todo el tiempo en un bar porque había una carrera de coches, o fútbol (ya no me acuerdo), y mi madre me miraba desde la tumbona y me sonreía a cada rato. Yo también la sonreía a ella y en estas se me olvidó ponerme crema solar y me quemé los hombros.

-De vez en cuando pensaba en el hospital, en los compañeros y en Cristina, pero intentaba apartarlo de la cabeza, porque estaba de vacaciones.

Y así se pasaron los días hasta que ayer por la tarde volví al hospital. Todos me recibieron contentos y me preguntaron que qué tal me había ido. Yo les dije que muy bien y también me alegré mucho de verles. Por la noche dormí en la cama muy a gusto.
Esta mañana en la entrevista con el Dr. Angel también me ha preguntado por las vacaciones. Antes de terminar me ha dicho que habían llamado mis padres porque habían visto la marca de un puñetazo en la pared del salón. Yo le he dicho que no sabía nada de eso y él mi ha mirado con una cara rara.

jueves 6 de noviembre de 2008

Cristina está mejor.

Cristina está mejor. No es que a mí me lo parezca, porque como la veo todos los días me parece que siempre está igual, sino que se lo he oído a otras personas. Veréis. El otro día vinieron sus padres. La madre se acercó y la abrazó de lado mientras el padre miraba y sonreía. Pasaron a la sala del comedor, que tiene cristales y no se oye pero se ve desde fuera. Yo me quedé cerca de allí mientras se sentaban y hablaban. Ella estaba en el medio. Su madre la cogía por el hombro y la besaba de vez en cuando y el padre seguía mirando y movía la boca a veces. En un momento determinado Cristina se levantó y se puso a gritarles. El padre se acercó a consolarla pero la madre ya se había levantado e intentaba abrazarla ahora con las dos manos. Cristina se revolvió se sentó de nuevo, y empezó a llorar cubriéndose la cara con las manos. La madre miró al padre con enfado y le dijo algo. Creo que "mira lo que has hecho", o "haz algo", o puede que las dos cosas a la vez. El padre se sentó y la cogió de la mano. Cuando paró de llorar se quedaron un rato en silencio. La madre le limpiaba la cara con un pañuelo y cuando terminó se levantaron para salir. Cuando pasaron cerca de mí escuché que la madre le decía, "estás mucho mejor hija" y el padre miraba y sonreía. Y luego se fueron.

Eso fue el fin de semana. El lunes Cristina hablaba con el médico de nutrición, que sólo viene a ver a las chicas con problemas con la comida. "¿Vomitas todos los días?", preguntaba el médico. Y cristina, "Sí". "¿Comes todo lo que te ponemos?", "Sí". Y luego le preguntó que si robaba alguna vez comida de otros compañeros, y que sí. Que si se veía gorda, pues sí. Que si estaba triste, que si hacía ejercicio a escondidas, que si hacía bien de vientre, si tenía la regla, participaba en las actividades, se daba atracones, y ella sí, sí, sí, sí. El médico apuntaba en la historia clínica. Al final la subió en la báscula de la enfermería, miró el peso y le dijo: "vaya, estás mucho mejor. Te veo la próxima semana". Cristina le sonrió y luego se fue.

Esta mañana un paciente de los nuevos (es uno que ha ingresado varias veces, pero que siempre se queda poco tiempo) ha estado mirando a Cristina mientras ella charlaba en la sala con Begoña. Al final se le ha acercado al oído y le ha dicho algo. Cristina se ha asustado un poco y ha hecho la intención de irse. Pero el nuevo le ha cogido de la muñeca y le ha seguido hablando, y Cristina se ha dejado. Eso sí, sin muchas ganas, o eso me ha parecido. Begoña se ha alejado enseguida y el nuevo hablaba y hablaba con Cristina, y se le acercaba al oído, y la seguía cogiendo por la muñeca. Yo entonces he pasado cerca, porque me ha dado la curiosidad, pero al llegar ya empezaban a separarse y sólo he podido escuchar que le decía: "...pero guapa, es que tú no sabes lo bien que estás...".

Después de comer he visto a Cristina en la puerta de su habitación. Salía del baño y tenía la cara mojada. Estaba algo pálida. Le he acercado un pañuelo de papel para que se secara. Lo ha hecho y después nos hemos ido a pasear por el jardín. Después de un rato he pensado en eso de que cuando ves a alguien todos los días, a veces no te das cuenta de cómo van. Entonces me he girado y le he dicho: "¡Cristina, ya estás mucho mejor!". Ella me ha mirado sorprendida, luego me ha acariciado la cara, y sin que pueda saber porque, se ha echado a llorar.

lunes 3 de noviembre de 2008

El TEC.

Julio tiene unos 50 años y tiene una "depresión mayor". Yo le pregunté al Dr. Rubén si también había depresión menor, y el me dijo que no, que esa era la "depresión leve". "¿Y también hay una intermedia?", le insistí. "Moderada" me dijo muy escueto y luego se fue. Así que la que tiene Julio es de las "mayores" y se le nota, porque se pasa todo el día sentado con la cara gacha, casi sin moverse ni decir nada. Si lo haces por gusto o por pereza pues no pasa nada, pero lo cierto es que a Julio se le ve sufrir y da mucha pena.

Ayer estaba como siempre en su silla (no es que sea suya, cada uno coge la que esté libre, pero todos dejamos esa libre para él porque es la que le gusta), y Alfonso estaba a su lado. Le dijo, oye Julio, he oído que te van a hacer una prueba o un tratamiento nuevo, ¿sabes lo que es?. Julio movió los labios pero no se le oyó. Alfonso acercó la cabeza y Julio repitió lo que le había dicho. Alfonso abrió los ojos como platos. ¿Qué pasa, Alfonso?, dijo alguien. Dios mío, contestó, a Julio le van a dar TEC. Todos se giraron con cara de susto. ¡Pero qué dices, TEC! Eso no puede ser. ¡Serán salvajes!. Todos parecían muy indignados, y yo también me indigné un poco, por compañerismo, pero la verdad es que no sabía que era eso del TEC.

Chaval, si es que tú no te enteras, me dijeron. El TEC son las chispas, el electrochoque. Te colocan unos cables en la cabeza y te la fríen. Es como la maldita silla eléctrica...
Me entró un temblor en las piernas y se me pusieron los nervios en el estómago. Pero eso no podía ser. ¿Se hacían aquí esas cosas? ¿No era de los psiquiátricos antiguos? A santo de qué trataban así a las personas, y lo peor de todo, ¿me lo podrían hacer a mi también?.

El revuelo se extendió por toda la sala. La gente gritaba: no podemos dejar esto así. Si no, ¿qué será lo próximo?, ¿medicamentos experimentales?, ¿torturas psicológicas?, ¿duchas de agua fría? (aquí yo pensé que lo de las duchas no le vendría mal a alguno). Y luego contaron casos de pacientes a los que se le había dado el TEC este y se habían quedado "gilipollas" nosecuanto tiempo. Yo me iba asustando cada vez más y tenía claro que no quería que le dieran TEC a Julio, ni a nadie y que haría lo que fuera para que así fuera. Y entonces trazamos un plan.

Fue a la hora de cenar. Una ve que estábamos todos servidos con el primer plato, nadie se movió. Y eso es difícil porque todo el mundo se lanza a la comida sin pensar. María, la encargada del comedor se quedó un segundo descolocada. "¿Pero se puede saber qué os pasa?". Y entonces todos a la vez, tal y cómo lo teníamos planeado, empezamos a golpear la mesa con los cubiertos y a gritar: "NO AL TEC, NO AL TEC, NO AL TEC...". Otros añadían "Dejad tranquilo al pobre Julio", "¡Torturadores!", "No experimentaréis con nosotros", y todo eso. Yo miraba de reojo a Julio, pensando en que se sentiría orgulloso de sus compañeros, pero lejos de mostrar satisfacción tenía la cara más angustiada de lo normal.

María dio dos palmadas muy fuertes, así de sorpresa, y todos nos callamos. "Pero seréis tontos. ¿De dónde habéis sacado eso del TEC? Lo que le van a hacer a Julio es un TAC, un escáner, leche. ¡Una radiografía del cerebro que ni duele ni nada!". Todos nos quedamos sorprendidos sin saber qué decir ni qué hacer. Entonces miramos a Alfonso que levantaba los hombros y se señalaba la oreja. Y luego miramos a Julio que parecía algo menos angustiado. Y luego miramos a las albóndigas y nos lanzamos cada uno a nuestro plato. Y ya nadie habló más hasta que acabamos de cenar y salimos a fumar el cigarro.

Antes de dormir me puse a pensar en lo que había pasado. Pero lejos de hacerlo me centré en lo que sentía. Y eran dos cosas. La primera era orgullo por todos nosotros, porque por primera vez desde que estoy aquí nos habíamos unido para defender a un compañero. Y la segunda era miedo, porque tuve conciencia de que eso del TEC existía y algún día me podía pasar también a mí.
Al apagar la luz también pensé que Alfonso podría necesitar un audífono.