martes 28 de octubre de 2008

El pájaro.

Después del desayuno he estado paseando un rato, yo solo y luego he ido a mi cuarto a leer y a apuntar cosas en mi cuaderno (le quedan ya pocas hojas y he escrito "pedir uno nuevo a alguno de los psiquiatras" en la última página). Más tarde he salido al jardín, sin muchas ganas de ver a nadie, ni siquiera a Cristina y antes de comer he estado deambulando por los pasillos, que estaban bastante vacíos. Me daba la impresión de que todo el mundo estaría como yo, no triste ni mal, sino sin ganas de nada en concreto, tan sólo de estar tranquilo, paseando y eso. Pero al pasar por uno de los despachos he oído que salían voces. Hablaban alto y como la puerta estaba entreabierta he podido escuchar lo que decían. Enseguida me he dado cuenta de que eran el Dr. Enrique y el Dr. Sebastián, que era el que hablaba más alto. Decía: "pero cómo no te diste cuenta, a estas alturas... si es que trabajamos con pacientes graves..." (aquí ha dicho un taco, pero no lo pongo), "¿Querías que te lo dijera más claro?". El Dr. Enrique hablaba más bajito, y la voz salía como apuntando al suelo. "Te juro que no sé cómo ha podido pasar... lo siento... no podía saber...". "¿Cómo que no lo podías saber? ¿Te tenía que hacer un plano? ¿No sabes qué coño es una metáfora?, por Dios".

De repente ha salido otra voz y he dado un saltito porque no me lo esperaba. Era el Dr. Angel que también estaba dentro: "Bueno, bueno, estas cosas pasan Sebastián, a todos nos toca alguna vez...". El Dr. Angel hablaba en un tono tranquilo, que a mi me gusta mucho, pero el Dr. Sebastián no parecía tranquilizarse. Decía no-se-qué de caerse el pelo, dinero, denuncias al hospital, y yo me he puesto un poco nervioso. Me han dado ganas de hacer tres cosas: la primera era entrar al despacho y decirle yo también al Dr. Enrique que no se preocupara, que esas cosas pasan y que no estuviera triste. La segunda era cerrar la puerta para dejar de escuchar, pero me daba miedo que me pillaran allí. Y la tercera marcharme. Pero al final no hice ninguna de las tres, no sé si por miedo o por curiosidad, porque después de ese rato, me da un poco de vergüenza reconocerlo, quería saber de lo que estaban hablando.

Pero al final no he sabido de qué hablaban, pero sí de quién, y me he puesto muy nervioso. Ha sido cuando han mencionado que "dejó libre a su pájaro para que no se suicidara" y entonces he sabido que hablaban de Dimitri (yo os había contado esta historia hace unos días). Entonces me he puesto a caminar de golpe, sin pensar, y en un minuto estaba enfrente del cuarto de Dimitri, pero él no estaba allí. Así que he salido al jardin, y al llegar me latía el pecho porque había corrido un poco, y cuando después de un rato no le he visto, me seguía latiendo, más fuerte. He visto entonces a Alfonso: "¿Qué ha pasado?". Nada más que esto, pero él ya parecía saber de qué le estaba hablando. "¿No te has enterado?". No, no me he enterado ni me quiero enterar, he pensado, y ahora mismo me voy a mi cuarto. Pero me he quedado allí quieto hasta que Alfonso ha dicho: "Es Dimitri. Ha intentado suicidarse saltando desde la valla. Lo han llevado a otro hospital, parece que se ha roto una pierna".

Yo no le he dicho nada. Tan sólo he dicho que sí con la cabeza y me he quedado mirando al suelo (como debía estar hace un rato el Dr. Enrique) y me he quedado un rato así. Después he cogido una piedra que estaba cerca de mis pies y he salido corriendo hacia la valla de alrededor. Los demás pacientes se apartaban de mí y me miraban, pero a mí no me importaba. He acelerado todo lo que he podido y cuando estaba a pocos metros, he tirado la piedra con todas mis fuerzas. La piedra ha pegado contra uno de los remaches me metal haciendo un ruido muy fuerte. Un pájaro se ha asustado y ha salido volando por encima de la valla hasta los árboles del camino al pueblo. Y por un momento he soñado que ese, era el pájaro de Dimitri.

sábado 25 de octubre de 2008

Cagar.

Los médicos no lo suelen preguntar mucho pero una de las cosas que más preocupa a todos aquí es el tema de ir al baño. Que si llevo tres días sin ir, que si yo antes era como un reloj, que el otro día atasqué el baño (dicho con cara de orgullo) y así. Puede parecer una tontería (yo nunca he tenido problemas, la verdad) pero muchos de los pacientes achacan que están con estreñimiento a la medicación y algunos la dejan de tomar sólo por eso: esconden las pastillas debajo de la lengua, o por el labio, o la sujetan disimuladamente entre los dedos y luego la tiran cuando no les ven. Melinda, que es bulímica de esas que vomitan porque no quieren engordar, me confesó que ella se traga las pastillas delante de la enfermera y luego las vomita en el baño: "Así mato dos pájaros de un tiro", me dijo.

Os he dicho que los médicos no preguntan por esto a menudo, pero el Dr. Angel sí lo hace, siempre que te ve. Al terminar la entrevista te pregunta si vas bien al baño y si duermes bien. Si le dices que duermes mal entonces dice que si haces la siesta, y si es que sí entonces te la quita y manda a las enfermeras que te levanten si te vas a la cama después de comer. Si eso no funciona entonces te pone el doble de terapia física, que será para que te canses. Con lo de ir al baño pasa parecido. Primero te cambia la dieta para que te den más frutas y verduras y cereales y esas cosas. Y luego te manda un jarabe, y en los casos graves la enfermera te pone un "enema", que es meterte un líquido por el culo y entonces sales pitando para el baño (es lo que me han dicho porque yo no lo he probado).

Petra es una mujer mayor. Yo no sé lo que le pasa, pero habla mucho por la ventana con su cuñada, que debe estar muerta. Cuando la enfermera la llama para pasar visita dice que no la interrumpan, que está hablando, y entonces tiene que venir el médico y decirle: "Ande Petra, despídase ya de su cuñada que tenemos que pasar consulta". Dice adiós algo molesta y se marcha al despacho. La cuestión es que Petra se queja de que no va al baño. Siempre, todos los días lo dice: que si llevo una semana sin ir, que está harta de las frutas, que el "enema" no me hace nada y esas cosas. A veces se pone muy angustida porque dice que acabará vomitando heces, y tienen que ponerle un tranquilizante.

El otro día pasó una cosa que fue muy impactante. Petra estaba sentada en el comedor y derrepenté se desplomó en el suelo y empezó a agitarse. No decía nada y echaba espumarajos por la boca. Rápidamente llamaron a los terapeutas que vinieron a ayudarla. Nos hicieron apartarnos y le metieron un trapo en la boca y también le pusieron una inyección. Pero no paraba de agitarse y estaba morada. Todos pensábamos que si seguía así se iba a morir. Pasaron por lo menos cinco minutos hasta que paró de moverse. Alguien dijo: no respira. Una de las enfermeras le puso como un inflador en la boca que le metía aire. Tenía una cara muy preocupada y decía "no" despacito con la cabeza. Entonces se oyó un gemido y era Petra que empezaba a moverse. Se llevó la mano a la cara para que le quitaran el inflador. Todos la mirábamos expectantes sin saber qué iba a pasar. Entonces, aún azul, tomó aire con gran dificultad y lo expulsó para decir con voz muy grave: "Quiero cagar". Todos respiramos aliviados y hasta alguno de los médicos se rió, algo nervioso. Por la noche Carlos me dijo que, además de alivio, le había producido bastante envidia.

domingo 19 de octubre de 2008

Las puertas.

He abierto la puerta de mi cuarto, que puede parecer algo muy simple, pero veréis: aquí las puertas se abren hacia afuera. Cuando llegué me chocó que fuera así pero otro paciente (no recuerdo su nombre porque fue al principio de llegar y no me encontraba muy bien) me explicó el porqué. Antes de que este lugar se convirtiera en un psiquiátrico era una especie de hotel o balneario o algo así. La gente rica venía a pasar las vacaciones y se hacían tratamientos para las enfermedades del cuerpo. Cuentan que era un sitio muy famoso y que venían personas de todo el país. Con el tiempo fue perdiendo su brillo hasta que pasados los años acabó cerrado y abandonado. A alguien se le ocurrió convertirlo en un hospital psiquiátrico: no había ninguno por la zona, estaba cerca de un pueblo tranquilo y también "lo suficientemente lejos de la ciudad".
No tuvieron que hacer mucha obra, el edificio se encontraba bastante bien conservado (salvo el muro de piedra de alrededor,que se había derruido en parte) y enseguida llegaron los primeros pacientes. Las habitaciones habían quedado como tal y redistribuyeron los salones y espacios comunes en salas para la terapia, el comedor, sala de la tele, despachos médicos y todo eso.

Al poco de empezar vieron que algunos pacientes se escapaban y enseguida tuvieron que cerrar el muro de alrededor con una valla metálica (ya os he hablado de esto). Luego hubo problemas porque los pacientes se iban de una planta a otra y entre los diferentes edificios, y pusieron cerraduras y candados por todos los sitios. Luego fijaron los armarios a la pared para que los pacientes no los pudieran volcar, cambiaron los cristales por unos de plástico, también los espejos de los baños, abrieron ventanucos en las puertas de las habitaciones para poder vigilar desde el pasillo, quitaron pomos y pestillos, clausuraron las ventanas (que sólo se pueden abrir un poquito así, aunque te mueras de calor) y un montón de cosas más. Y así poco a poco el hotel balneario fue dejando de parecerlo para convertirse en un psiquiátrico.

¿Pero por qué os contaba todo ésto...? Ah, sí, por lo de las puertas hacia afuera. Bueno, sigo. Después de todos esos cambios las puertas aún se abrían hacia adentro hasta que un paciente anunció que iba a suicidarse. Nadie le hizo mucho caso porque esas cosas se dicen mucho por aquí, pero este hombre dijo que lo iba a hacer en ese mismo momento. Los terapeutas, aunque también estaban acostumbrados, tomaron un poco más de atención y alguno se acercó para hablar con él. Entonces el paciente se dirigió rápidamente a su habitación cogió una silla y se sentó en ella bloqueando la puerta. Sacó un mechero que tenía escondido, prendió un trozo de tela y la lanzó sobre el colchón. Los terapeutas vieron todo esto por la ventana de la puerta mientras trataban de abrir la puerta sin conseguirlo. Sólo después de muchos intentos pudieron forzarla, pero ya era demasiado tarde porque el paciente había fallecido por el humo y el calor. Afortunadamente el edificio es casi todo de piedra y el fuego apenas se extendió, pero el mal ya estaba hecho. Ese mismo día se tomó la decisión de cambiar todas las bisagras y los marcos de las puertas.

Le pregunté a Parrón sobre esta historia y me dijo: "Chico, eso es una tontería, leyendas sin fundamento de este hospital. Yo te contaré porqué se abren así las puertas. Lo hacen para que el terapeuta que está con un paciente pueda escapar sin perder tiempo, si éste se pone agresivo. Sólo tiene que dar un empujón a la puerta y salir pitando. Ese es el único motivo. Estos psiquiatras sólo piensan en ellos, no en nosotros. Métetelo bien en la cabeza". Me dijo esto y se marchó hablando entre dientes: "...si no fuera por esas malditas puertas ya hubiera puesto en su sitio yo a más de uno...".

Pues esta es la historia de las puertas. La verdad es que no sé con cual de las dos quedarme: si cojo la primera, es mala porque habría muerto una persona. Pero si cojo la de Parrón, tampoco me quedo tranquilo...
Así que he abierto la puerta, he salido al pasillo y me he olvidado del tema.

miércoles 15 de octubre de 2008

Dimitri.

Hoy es miércoles por la mañana, y acabamos de tener terapia de grupo con el Dr. Enrique. Normalmente no me da tiempo a escribir a esta hora porque tenemos seguido terapia ocupacional (casi no da tiempo ni a fumar) pero resulta que el terapeuta está enfermo y nos han dado libre. Se conoce que ha tenido vómitos y diarrea, lo mismo que me pasó a mí estos días atrás, y ha dicho no-sé-quién que es una "epidemia". Yo que seguía preocupado, pensando que estaba flojo porque se estaban confundiendo con la medicación, en cuanto he sabido lo de la "epidemia" se me han pasado todos los males como por arte de magia. Arturo me ha dicho: "Chaval, qué sugestionable eres", y yo le he sonreído porque no sé bien lo que significa sugestionable.

El caso es que hemos tenido terapia de grupo y ha hablado Dimitri, que es ruso o de uno de esos países. Lleva cinco años en España y aunque habla bastante bien español, lo hace muy poco. Yo no sé lo que le pasa porque está la mayor parte del tiempo en su cuarto junto a su pájaro. Dimitri tiene un pájaro que se trajo desde su país. Es una especie de periquito, o loro pequeño. Cuenta que como no se lo dejaban pasar por la aduana se lo pegó con cola en el cuerpo y así, escondido, lo pudo meter. Como os imaginaís no se pueden tener animales en el hospital. Pero como Dimitri se negaba a ingresar si no era con su pájaro, pues le dijeron que "vale, que unos días sólo", para convencerle. Pero luego pasaron las semanas y ya se quedó del todo. Os preguntaréis si algún paciente se quejó por permitir a Dimitri tener su mascota. Podéis creerme que, viendo cómo la cuida y con que amor se preocupa por ella, nadie dijo nada de nada. Y eso es porque en el fondo todos sabemos que sin su pájaro, Dimitri se moriría. Así que no sólo no nos importa que esté sino que a veces también nos gusta ir a verlo, con su cola multicolor, y darle algo de comer.

Pero la semana pasada sucedió algo impensable. Dimitri abrió la jaula de su pájaro y dejó que se marchara volando. Guillermo, que lo vió todo me contó que el animal revoloteó por unos instantes cerca de la ventana y finalmente salió volando hacia el bosque de pinos. Dimitri se quedó mirando como se iba mientras le corría una lágrima por la cara. La gente le preguntó que porqué lo había hecho, pero estaba muy triste y estuvo sin hablar con nadie todo el tiempo.
Hasta la terapia de hoy, en la que el Dr. Enrique, que no sabía nada de lo sucedido, se ha quedado muy sorprendido y le ha preguntado. "Pero si tú querías mucho a ese pájaro, Dimitri. ¿Porqué le dejaste ir?". Y Dimitri, con su acento ruso, o de uno de esos países, ha dicho: "Porque pensaba que si seguía más tiempo encerrado, acabaría suicidándose". Y ya no ha dicho nada más.

Después de la terapia me he venido a escribir. Al hacerlo he recordado que cuando Dimitri ha contestado eso, el Dr. Enrique ha puesto una cara extrañada, y ha tratado de que lo explicara mejor, sin conseguirlo. Pero los demás hemos mirado al suelo, pensativos. Y entonces me he dado cuenta de que en el fondo, no necesitábamos más explicaciones.

domingo 12 de octubre de 2008

La medicación.

¡Jolín, pero si estaba ya casi recuperado! No he vuelto a tener fiebre, ni a vomitar siquiera, pero se me mantiene la flojera de las piernas y la cabeza que la tengo un poco "tonta". Intento ponerme a escribir pero no me salen las ideas. Y si me sale alguna no encuentro las palabras, están como atascadas. Al principio pensaba que seguía convaleciente de estos días atrás, y todos me decían lo mismo, que tranquilo, que es normal, que si el virus tarda, que si toma manzanilla, que si a mí también me pasó y me duró un mes... y todo eso. Pero veréis, sucedió algo que me hizo inquietarme un poco.
Fue Guillermo el que se me acercó cuando no había nadie y me dijo (Guillermo es el más joven de aquí, ya os lo comenté): "Tú estás seguro de que es por la infección que tuviste?". Y yo, "pues claro Guillermo, qué va a ser". "Puede que yo sea nuevo aquí, pero ya no tienes fiebre y lo que te pasa se parece mucho a cuando te suben la medicación... ¿seguro que no te han cambiado nada?". Y se fue.

Me quedé un poco inquieto pensando en lo que me había dicho Guillermo. ¿Me habían cambiado el tratamiento? Lo cierto es que yo no me fijo mucho en lo que me dan, lo cojo y me lo tomo: a las nueve de la mañana, a las cuatro de la tarde y luego a las diez de la noche, viene la enermera con un vasito de agua y las pastillas y me las tomo y ya está. Pero, ¿y si me habían cambiado las dosis y era por eso por lo que no puedo pensar bien?. Ahora que lo veo, el otro día el Dr. Rubén se pasó todo el día con mi historial debajo del brazo (fue el día en que le dieron el tortazo), y a última hora escribió algo. Me acuerdo que pensé si me estaría pasando algo, y se es así ¿por qué nadie me había dicho nada?. ¿Y si yo no quiero tomar más medicación? Además el Dr. Rubén es novato, podría ser que se hubiera confundido con la dosis...

Todas estas cosas me vinieron a la cabeza después de hablar con Guillermo, y durante un buen rato no pude sacármelas. Durante la tarde estuve paseando por el jardín y me ví con más fuerzas y pensé que después de todo me encontraba algo mejor. Puede que al final todo esto fuera por la infección y que no tenía por que preocuparme de otras cosas.
Después de la cena (había sopa y pollo, ¡y flan!, uhmm, mi favorito) vino María con la medicación. Cuando me las puso en la mano no pude evitar mirarlas con atención. Me parecían las de siempre, la verdad, pero por si acaso las memoricé bien antes de tomarlas. Sólo necesité medio vaso de agua. Entonces María me dijo: "Tómate todo el agua cariño, que te hará bien". Y yo: "No quiero más que ha habido sopa". Pero ella insistió, "no importa -me dijo-, tienes que tomarla toda". "¿Y eso por qué?". "Porque el agua también lleva medicina". Me bebí lo que me faltaba y cuando le devolví el vaso de plástico a María vi que Guillermo me observaba desde el otro lado del comedor y me sonreía. Yo también le sonreí, pero sin muchas ganas. Por la noche, al acostarme, a pesar de que estaba muy cansado, me costó mucho dormirme.

miércoles 8 de octubre de 2008

Estoy malo.

No tengo ganas de escribir. Bueno, ganas sí tengo, lo que no tengo son muchas fuerzas. El lunes por la tarde no me sentía muy bien: me pesaban los ojos, como cuando se pasan con la dosis de medicación, pero en vez de tener rigidez lo que tenía era "flojera", sobre todo en las piernas. Cené poco y me fui a la cama antes de la hora. La enfermera Rosa tuvo que venir a darme la medicación de la noche en la cama. Me puso la mano en la frente. "¿Qué te pasa mi vida? Vaya, si estás un poco caliente", me dijo y me sacó una manta extra sin que yo le dijera nada. Me dormí enseguida, pero a las tres de la mañana me desperté de golpe y vomité en el suelo. Fue mi compañero de habitación el que avisó para que vinieran a limpiarlo, y a mi me dio un poco de vergüenza. Al poco rato vino el médico que estaba de guardia que era el Dr. Enrique, que traía cara como de más sueño que yo, y me dio más vergüenza. Es muy serio como sabéis pero me miró la garganta y me tocó la tripa despacio y me preguntó en bajo, porque era muy tarde, algunas cosas que no recuerdo. Y luego me dijo, "Tranquilo, no es nada importante. Te pondré una medicina y enseguida te sentirás mejor". Y se fue tocándome la cabeza mientras intentaba sonreír, pero se ve que tenía mucho sueño y le salió una cara rara.

Por la noche tuve unos sueños muy inquietos. Sólo me acuerdo de éste: estaba en el patio del colegio y tenía ocho años. De pronto se ponía a llover, pero el agua estaba caliente y todos los niños nos quedábamos mojándonos a jugar con la lluvia, chapoteando en los charcos, riendo. De pronto aparecían los padres y las madres de todos y recogían a sus hijos para llevarles dentro de la escuela, a cubierto. Los míos también estaban allí. Se acercaban y se me quedaban mirando muy serios. Entonces mi padre me daba un tortazo y yo me ponía a llorar. Entonces sin decir una palabra se daban la vuelta y me dejaban llorando bajo la lluvia sin saber qué hacer. Y ya luego me desperté.
El Dr. Santiago dice que los sueños nos dicen cosas de nosotros mismos y que tienen un "significado". Por la mañana traté de pensar en lo que quería decir mi sueño y puede que sea que me he puesto malo porque el domingo por la tarde llovió y me mojé un poco, como en el sueño. Y lo de la torta, pues va a ser como lo que os escribí la última vez que le pasó al Dr. Rubén, eso está claro. Que aparezcan mis padres no lo sé bien porqué, pero creo que será porque les echo de menos.

Al día siguiente estaba hecho polvo y la medicina del Dr. Enrique sabía asquerosa. Pero, ¿sabeís qué?, vinieron todos mis amigos a verme. Pasaron Alfonso, Carlos, Soledad, Jose, y otros muchos que no concéis aún. Y todos me decía que me mejorara y me daban así en el hombro. Incluso Cristina vino y me dio un beso en la frente y yo pensé que la tenía caliente y que quizá no le gustaría besarme, pero parece que sí le gusto y se fue sonriendo. A mí también me gustó y también sonreí pero sin mirarla. Ya ayer me encontraba bastante mejor, aunque sin demasiadas fuerzas, y traté de pasear un poco por el pasillo. Y otra vez todos, "¿Cómo vas chaval?" y "Ponte bueno", "No te canses mucho", y así. ¡Vaya!, pensaba yo, esto de estar malo no es tan malo. Y por un instante, pero uno bastante pequeño, pensé en que quizá no me tomaría la medicina del Dr. Enrique ese día, pero enseguida se me fue la idea, porque todo el mundo sabe que siempre hay que tomar lo que manda el médico.

Como os decía al principio hoy no tenía muchas ganas escribir, pero al final he escrito bastante. Debe ser una buena señal; seguramente mañana esté ya casi curado ("casi" no es curado del todo). También he pensado que esta noche voy a dejar la libreta en la mesita para apuntar los sueños que tenga antes de que se me olviden. Así luego podré sacarles el "significado", como el otro día. No parece que sea muy difícil la verdad.

sábado 4 de octubre de 2008

El tortazo.

No entiendo nada. Y la verdad es que no he podido aguantarme. He ido y se lo he dicho nada más que ha pasado. Porque, por ejemplo, Jose: todo el mundo sabe (ya os conté de él al principio de escribir) que se pasea sin mirar a nadie y cuando menos te lo espera, pues va y te escupe. O Soledad que tira la dentadura cuando le están dando de comer. O Gloria que ha perdido la memoria y a veces se asusta y se agita sin motivo y te puede dar un buen mamporro. Pero lo que ha pasado hoy no tiene explicación. ¿Qué ha sido? Veréis. Esta mañana estaba el Dr. Rubén en el mostrador del pasillo donde suelen estar las enfermeras, escribiendo algo en uno de los historiales. Yo lo veía desde la sala. Estaba todo concentrado, redactando muy serio. Se paraba de rato en rato a pensar, pero sin levantar la vista de los papeles. Yo he imaginado que quizá era a mi historial al que estaba dando toda esa atención y me ha gustado mucho. Así que por unos minutos me he quedado mirándole y he fantaseado que, aunque el Dr. Rubén es novato, dentro de unos años, a base de estudiar nuestros casos, descubriría un medicamento muy importante para aliviar nuestros problemas, y sería un hombre muy famoso y recibiría premios...

Y de pronto ha salido del otro lado del pasillo una mujer, se ha acercado sin hacer ruido y le ha dado al Dr. Rubén un bofetón, así, en toda la cara. Ha sonado: "Plas", y tan fuerte que más de uno se ha girado a ver que pasaba. El Dr. Rubén ha levantado la cara medio atontado y ha dicho "pero bueno, qué pasa..." y para cuando se ha dado cuenta de lo ocurrido, la mujer ya se había marchado corriendo por el pasillo. El hombre ha girado la cara para mirar alrededor pero nadie sabía realmente lo que había pasado y los demás pacientes habían vuelto a sus cosas. Yo he intentado mirar para otro lado también, pero no me ha dado tiempo y el Dr. Rubén me ha mirado a los ojos y ha entendido que yo lo había visto todo. Y entonces, ¿sabéis?, ha bajado la mirada como avergonzado y se ha levantado y se ha metido a la sala de médicos, con el historial debajo del brazo. Y a mí me ha dado mucha pena. Pero enseguida la pena se ha convertido en enfado y aunque, como he leído por ahí, los periodistas no tienen que formar parte de la noticia, he salido corriendo detrás de la mujer.

No sabía lo que le iba a decir cuando la he visto que se metía en su cuarto, pero he entrado muy decidido detrás de ella y me he plantado muy serio. Entonces ella me ha mirado y, creedme que tenía muy mala leche y ha mí me ha entrado miedo de que me fuera a pegar también: "¿Qué quieres tú ahora atontado?", me ha dicho. "Quizá sea un atontado o un loco -le he dicho-, o puede que las dos cosas. Pero no ando pegando a la gente por ahí sin ton ni son. Es usted una maleducada y debe pedirle perdón al Dr. Rubén". Me temblaban un poco las piernas cuando he dicho todo esto, así de pronto, pero me había salido "del alma", como se suele decir. Me he quedado, aún serio, esperando una respuesta, pero cuando ha cogido un libro y me lo ha tirado gritando, "¡fuera de aquí mierdoso!", pues no me ha quedado más remedio que salir pitando.

Ya por la tarde me he cruzado por casualidad con el Dr. Rubén. Se ha hecho un poco el despistado pero me las he arreglado para hacerle un gesto con la cabeza y pulgar, como diciéndole: ánimo, no se preocupe, he puesto a esa mujer "en su sitio", siga investigando y le apreciamos, gracias... Pero no me ha debido entender porque ha puesto cara rara, ha sacado un boli y ha apuntado algo en la carpeta que aún llevaba que, ¿sabéis?, ¡era la mía! Al principio me ha encantado saberlo, pero después de la cena me he preguntado que si el Dr. Rubén lleva todo el día con mi carpeta debajo del brazo, ¿me estará pasando algo grave?.

miércoles 1 de octubre de 2008

Serologías.

Ha durado más de tres horas pero se nos ha pasado a todos muy deprisa. Ha sido como una de esas películas de misterio, amor y detectives y nos ha tenido en vilo durante toda la tarde. Veréis, todo ha empezado cuando Luisa, que tiene esquizofrenia, y Fernando, que antes tomaba drogas pero ahora nadie sabe lo que tiene, ha empezado ha discutir en el comedor. Luisa le cogía de los brazos y le decía que tenía que casarse con ella. Y Fernando intentaba zafarse y le decía que si estaba loca. Total, nadie hacía mucho caso, porque estas riñas surgen a menudo, pero la cosa iba a más y al final ha venido una enfermera, y al preguntar el porqué de tanta insistencia en que Fernando se casara con ella, le ha dicho que porque esa noche le había hecho el amor y que ahora casarse era su obligación. Entonces la enfermera se ha puesto pálida y ha salido a buscar a uno de los psiquiatras, que por casualidad era el Dr. Enrique, que también se ha puesto pálido. Yo no entendía la razón de tanta palidez, porque aquí todos sabemos que hay "parejitas" y que se besan cuando no les ven o se meten en los cuartos a solas, pero entonces Adolfo me ha explicado que la preocupación era porque Fernando tenía no sé qué enfermedad contagiosa. ¿Y qué?, le he preguntado. Me ha mirado raro como diciendo, tú no te enteras chaval, y he caído en que sería una de esas enfermedades que se pasan al hacer el amor y también he puesto cara de preocupación,como los demás.

El Dr. Enrique se ha metido en una sala acristalada que está pegando a la de la tele con una enfermera a cada lado y ha pedido que pasen uno a uno los implicados para intentar aclarar el lío. Los demás nos hemos puesto cerca de los cristales, haciendo como que veíamos la tele, pero en realidad estaba sin volumen y hemos podido oír casi todo lo que pasaba. Y aquí os hago un resumen:

-EL Dr. Enrique: Ha pasado primero a Luisa, luego a Fernando y finalmente a la compañera de habitación de Luisa, que se llama Nadia. ha preguntado a todos lo mismo. Se frotaba la cara todo el rato y resoplaba.
-Luisa: "Se tumbó encima de mí y me hizo el amor. Ahora tiene que casarse conmigo". -Fernando: "Esa mujer está loca, yo no la he hecho ni el amor ni nada, doctor, se lo juro por mis muertos", y se daba golpes en el pecho y en la mesa. Luego ha reconocido que sí estuvo en su cuarto, "pero nada más, por la gloria de mi madre".
-Nadia: "Yo les vi a los dos juntos en la cama, pero a mí todo eso me da mucha vergüenza y no miré. Pero no estuvieron mucho rato, o eso creo".
-Comentarios de los de la sala de la tele: "Esa mujer está loca", "Todas las mujeres son iguales, te provocan y luego te piden explicaciones", "Con toda la medicación que lleva Fernando seguro que ni se le levanta", "Que me dejen a mí 5 minutos con éstos a solas y se lo saco a cachetazos", "No seas bruto hombre: yo consigo lo mismo metiendo la nariz en las sábanas", "¿Alguien tiene un cigarrillo?".

Y así se ha pasado la tarde, el Dr. Enrique dándole vueltas a lo mismo sin llegar a nada, y los demás comentándolo todo desde la sala de al lado. Al final ha mandado salir a todos y le ha dicho a la enfermera que por si acaso "sacara unas serologías" y luego algo de "antibiótico" y "profiláctico" y se ha ido con cara de cansado. Luisa, cuando se ha enterado de que la tenían que pinchar, se ha olvidado de Fernando y de casarse y ha echado a correr por el pasillo gritando socorro y diciendo que le querían inyectar un micrófono. Y luego todo ha vuelto a la normalidad.

A la hora de la cena me he cruzado con Carlos y le he preguntado por Cristina. Me ha dicho que había estado con ella hacía un rato y que ya venía para el comedor. Y luego me ha mirado entrecerrando los ojos y con una sonrisita me ha dicho que, "Mucho preguntas tú ultimamente por ella, ¿te pasa algo?". Pero yo no le he contestado sino que me ha salido decirle: "¿Carlos, a tí te han hecho ya una serología antibiótica de esas?". Se ha sonreído aún más y me ha dicho: "No te preocupes chaval, que estoy sano como una manzana". Y ha pasado a sentarse al comedor.