domingo 28 de septiembre de 2008

Una tarde lluviosa.

Como llovía esta tarde me he quedado casi todo el tiempo en la sala de estar, y de vez en cuando paseando por los pasillo. Así, sin hacer nada, mirando por la ventana, un poco de tele, charlando con Emilio, fumando... Tengo que reconocer que antes no fumaba (antes de caer malo, se entiende), pero con los ingresos, que pueden ser muy aburridos y que aquí todo el mundo fuma, es bastante fácil engancharse. Yo pensaba al principio que era la propia enfermedad lo que te empujaba a fumar, por el ansia, pero luego le oí decir a uno de los terapeutas que el tabaco alivia algunos efectos secundarios de la medicación. En fin, no sé lo que será pero entre unas cosas y las otras aquí fuman todos, incluidos los terapeutas (lo mismo es que también toman medicación).

Pero me estoy desviando del tema. A media tarde ha habido un rato en el que me he sentado en uno de los sillones del pasillo. Justo enfrente veía las puertas de las habitaciones, que se abren todas hacia afuera, con las ventanas de cristal (o algo parecido) para que te puedan ver desde fuera, y los números pintados encima. Había bastante ruido y barullo de gente, pero a mí me llegaba como desde lejos, amortiguado. He entrecerrado un poco los ojos (puede que tuviera un poco de sueño) y he mirado hacia la izquierda. Venía la mujer de la limpieza que empujaba su carro muy despacio, como si estuviera en el agua. Cada pocos metros se paraba y le daba con la fregona al suelo, la metía en el cubo, escurría y otro poco más. Del otro lado del pasillo venía un paciente hablando solo y fumando y más allá estaban el Dr. Angel y el Dr Sebastián. Parecían discutir, hablaban alto, pero yo no lo oía y movían los brazos. Pensé que debería sorprenderme o inquietarme al ver a dos de los médicos discutir, porque no suelen hacerlo en público, pero no era así: lo percibía todo como si fuera una película a cámara lenta. Entonces miraba avanzar a la señora de la limpieza, muy lento, y al llegar a la altura de una de las puertas, se ha abierto y estaba un paciente desnudo que quería salir, pero la mujer le ha empujado con la fregona hacia adentro, pero muy despacio, diciéndole algo. Y luego ha seguido fregando, y el hombre que venía fumando ha tirado la colilla al suelo que ha rebotado lentamente dando un chispazo. Y la mujer de la limpieza se ha limitado a cogerla con cuidado, sin girarse ni decirle nada y la ha puesto en su cubo de basura. Y ha llegado hasta los médicos que seguían discutiendo y el Dr. Angel se ha percatado de ella con el rabillo del ojo, y ha cogido al Dr. Sebastián del brazo para separarle un poco y dejar que pasara el carro. Y seguían moviendo mucho la boca y los brazos, pero todo tan lento, y la mujer de la limpieza se ha fijado en uno de los cristales y le ha dado con el trapo. Pero no ha quedado satisfecha y ha cogido un líquido y ha mojado el cristal y lo ha frotado de nuevo, una y otra vez, una y otra vez. Y delante de ella seguían discutiendo los médicos, pero ya menos, y a mí me parecía que cada vez que frotaba el cristal, menos discutían. Hasta que al final ya no discutían, sólo hablaban, y se ha ido hacia el fondo y la mujer de la limpieza ha doblado el trapo y lo ha dejado despacio en el carro. Y ha seguido hacia el final del pasillo, atenta a los cristales y al suelo, que seguía frotando cada poco, hasta que al final ha girado a la derecha y la he perdido de vista.

Al rato he abierto los ojos y me he dado cuenta de que me había quedado dormido, y no he sabido si había visto todo lo que os he contado o es que lo había soñado. Es lo que tiene estar aquí, que pierdes un poco la noción de las cosas. Y si además tienes delirios y alucinaciones, ya ni te cuento. Pero aún así me he fijado en el suelo, y en los cristales, que estaban muy limpios, y he paseado lentamente, teniendo cuidado de las cosas. Incluso cuando ha parado de llover he salido al jardín, que estaba lleno de caracoles, y esta vez no he pisado ninguno, como tras veces. Me he movido despacio, como en mi sueño, o lo que fuera, y he hablado con los demás un rato. Me veía tranquilo, sin ansia por contar las cosas, por pensarlas, por solucionarlas. Al llegar la hora de la cena he metido la mano al bolsillo, y aunque parezca mentira, no me he sorprendido del todo al ver que no había fumado ningún cigarrillo. Aún así, creo que una máquina de tabaco en el hospital solucionaría mucho problemas. Será cuestión de proponérselo a los terapeutas.

miércoles 24 de septiembre de 2008

La historia de Sara.

¡Hoy hemos tenido visita de Sara! Claro, vosotros no sabeis quien es pero Sara estuvo aquí ingresada durante muchos meses hasta que le dieron el alta. A veces antiguos pacientes se pasan a saludar, a ver a los viejos compañeros de ingreso y también a los terapeutas. A los que aún estamos aquí nos hace mucha ilusión: por un lado es una visita y por el otro te gusta ver a la gente que se ha ido curada porque te anima a pensar que también a tí te puede pasar. Así que ha estado todo el mundo más sonriente durante la mañana, con corrillos que hablaban, terapeutas que salían del despacho, abrazos, risas y apretones de manos. Y todo esto girando alrededor de Sara y el tac, tac, de su bastón. Yo también he ido a saludarla y al verme me ha dado un beso y un abrazo y me ha dicho, "hombre, nuestro reportero más intrépido, ¿cómo van esas crónicas?. Y yo, "muy bien Sara. Estás muy guapa", y ella, "me van bien las cosas", entonces otro paciente le ha dicho, "a tí siempre te va bien", y ella, "no me puedo quejar", y yo, "Sara ¿puedo contar tu historia?", y el Dr. Angel que se había acercado: "Sara, ¿porqué no se la cuentas a todos?. Podemos pasar al salón y así aprovechas para ver a los demás...".

Sara tenía 25 años cuando la vida se le fastidió por completo. Era una chica guapa, dulce, alegre, que acababa de terminar sus estudios de filosofía. Julián, su novio de toda la vida le pidió matrimonio y ella, que lo esperaba desde hacía tiempo, explotó de felicidad. Por fin podrían formar una familia, tener niños... La boda fue como un cuento de hadas y decidieron ir de luna de miel a un país tropical. Allí comenzó la desgracia. El coche en el que viajaban volcó, con la mala fortuna de que Sara quedó atrapada bajo los hierros. Los demás ocupantes salieron ilesos, pero ella quedó gravemente herida. Se había fracturado las 4 extremidades, y tenía daños y hemorragias internas. Estuvo a punto de morir en varias ocasiones antes de que finalmente la trasladaran de vuelta a su ciudad. Allí la operaron hasta en 12 ocasiones, la llenaron el cuerpo de cicatrices y consiguieron arreglarlo casi todo, menos una de las piernas que, según le dijo el traumatólogo, "necesitará la ayuda de un bastón para funcionar". Mientras estaba convaleciente de sus heridas su marido le comunicó que no podía seguir con ella: el accidente le había cambiado el carácter, no era la chica que conoció, yo no puedo con todo esto, lo siento, me voy, te dejo, adiós, le dijo. Y Sara se quedó sóla. Bueno, tenía el apoyo de sus padres, pero la desgracia no la abandonaba y poco después a su madre la diagnosticaron de un tumor. No había nada que hacer. Unos meses después moría y Sara apenas pudo desplazarse hasta el funeral. Le entró una profundo depresión y por eso la trasladaron a psiquiatría, y gracias a eso tuvimos la fortuna de concerla.

Llegó aún encamada llena de remiendos. Y aquí vimos cómo aprendía de nuevo a moverse, a caminar con su bastón, a bailar con torpeza en la fiesta de Navidad. Empezó a sonreír y luego a reír. Vimos cómo salía al pueblo y volvía llorando de dolores. Y muchos meses después cómo conseguía alquilar un piso, encontrar un trabajo de prácticas en una escuela y finalmente se marchaba de alta, dándonos una gran alegría y mucha tristeza. Por carta siguió contándonos cómo le iban las cosas, agradeciendo todo lo que le habíamos apoyado y preguntando por los demás pacientes. Nos enteramos que tenía un nuevo novio, un compañero de trabajo y que le habían hecho fija en la escuela. Y también nos enteramos de que era posible ser feliz a pesar de todas las cosas.

Hoy a venido Sara a vernos y nos ha contado esta historia, que es muy triste pero sin saber porqué todos hemos disfrutado mucho escuchándola. Al marcharse ha dicho una frase que he apuntado y aquí os la pongo: "Cuando todo estó pasó primero sentí mucha rabia y frustración, no era justo, pensaba, ¿por qué a mí?. Luego me hundí en una una profunda depresión, larga, negra, confusa. Creí que nunca saldría de ella. Luché con todos mis fuerzas para conseguir ser la misma de antes, pero ¿sabéis una cosa? no lo conseguí: ahora soy mejor de lo que era".

Sara se ha ido a última hora y yo he salido un rato a pasear al jardín. Cuando volvía una hoja de tilo me ha caído sobre la cabeza. Parece que otra vez ha llegado el otoño.

domingo 21 de septiembre de 2008

Bernardo y Aquiles.

Bien, veamos, ¿por dónde iba? Ah, sí, ya me acuerdo, tenía que presentaros a Bernardo. Puede parecer una tarea sencilla esto de presentar a alguien, pero en el caso de Bernardo os aseguro que no lo es en absoluto. La primera vez que lo vi iba sin afeitar, con los hombros caídos, parecía sucio (pero no lo estaba porque aquí si no te lavas te acaban metiendo a la ducha aunque no quieras) y se lamentaba constantemente. Me acerqué y le pregunté qué era lo que le pasaba: "Era un hombre muy rico", me dijo. "Vivía en los mejores hoteles, tenía coches, mujeres, viajaba por todo el mundo... tenía tanto dinero que podía vivir con los intereses de mis intereses. Pero una crisis y un mal de amores dieron al traste con mi fortuna. Y aquí estoy, lamentando mi suerte y mi desgracia". Dos meses después le vi risueño, sonriente. Iba midiendo los muebles de la sala con una salchicha. "Parece que ya se encuentra mejor. ¿Ya no le importa lo de su fortuna?", le dije. "¿Qué fortuna?", me contestó. Y luego dijo: "Amigo mío, está usted delante de uno de los mayores inventores de la humanidad. En este momento estoy desarrollando un nuevo método de medida: esta salchicha. Va a revolucionar el sistema métrico. Por cierto, querido amigo: mide usted exactamente 16 salchichas y media".

Yo no entendía nada. A las pocas semanas apareció fumando como un carretero y con un sombrero, y entonces decía que era un detective en una peligrosa misión que no podía contar. Más tarde ya no fumaba y se había rapado al cero y se sentaba con las piernas cruzadas en un rincón cantando rezos y salmos: "Vengo del Tíbet, donde he aprendido los secretos de los monjes budistas. Si quieres te enseñaré". Y así cada pocas semanas cambiaba de personalidad.
Le pregunté a Antonio, que lleva bastante tiempo aquí, si sabía qué es lo que le pasaba a Bernardo. Me contó que le trajo su hermana, su única familia, hace muchos años, no se sabía bien porqué. El caso es que no respondía al tratamiento y en aquel momento los médicos optaron por darle electroshock. Le dieron varias sesiones, lo que le producía bastante amnesia, pero mejoraba. Su hermana venía con frecuencia y le animaba, pero Bernardo, a veces no la reconocía. Los médicos decían que la amnesia era reversible, y eso parecía. Pero al poco de esto la hermana de Bernardo murió: parece que le dio un infarto y no se pudo hacer nada. Se lo contaron a Bernardo, se puso muy triste y luego dijo: "¿Qué hermana? Soy hijo único. Heredero de una noble y legendaria tradición de cazadores de fieras". Se puso un pantalón corto y un sombrero de safari, y ahí empezó todo.

Así que ya veis: cada poco tiempo Bernardo cambia de personalidad. Yo no sé si no se acuerda de su vida anterior, de lo que hacía o de su hermana, o puede que no se quiera acordar. Lo que sí me parece es que es bastante feliz. Eso me ha hecho pensar que quizá uno pueda cambiar su propia vida. Bernardo lo hace constantemente y parece que le va bien. Así que, si no te gusta tu vida...

Por la tarde he estado corriendo por los pasillos, saltando, riendo. El Dr. Rubén me ha dicho: "Chico, ¿qué haces que no paras quieto?". Y yo: "No soy un chico soy Aquiles, el guerrero". Y me he marchado con la cabeza alta, orgulloso, invencible. A última hora me dolía el talón de tanto correr y cojeaba un poco. He pasado cerca de Bernardo que sonriendo me ha dicho: "Cuida ese talón Aquiles, puede llevarte a la ruina. A mí una lesión similar me dejó fuera de las finales en el 74". "Gracias Bernardo, así lo haré". Todo la tarde he sido un héroe, pero antes de irme a la cama ha llamado mi madre para recordarme no sé qué, y se me ha cortado el rollo. Me ha dado un poco de rabia, pero ya de noche, acurrucado en las sábanas, he pensado que los héroes también tienen madre y me he quedado mucho más tranquilo.

martes 16 de septiembre de 2008

Un día aburrido.

Estos últimos días han sido bastante aburridos, no ha pasado nada de particular. He pensado que podría aprovechar para presentaros a alguien, pero no sabía muy bien a quién. Se me ha ocurrido que todo el mundo tiene una historia interesante que contar, así que podría dejar a la suerte que decidiera por mí. Andrés, que es un obsesivo, me ha dicho: "¿Por qué no echas a cara a cruz a cada uno de los pacientes? A los que les sale cara los apuntas y a los que les sale cruz los eliminas. De los que quedan, vuelves a tirar y vas eliminando a los que les sale cruz y así poco a poco. Cara se queda, cruz se elimina y entonces... y sobre estos vuelves a lanzar... lanzo arriba, lanzo para abajo... cruz, cara, cara y cruz... ¿Quieres que te ayude?". Con tanta cara y cruz yo ya no sabía ni dónde estaba. "No gracias, Andrés", le he dicho, pero no se iba ni a la de tres. Así que le he soltado que me parecía que tenía las manos sucias, y como es obsesivo, pues ha salido pitando al baño a lavárselas.

Entonces me he puesto en mitad del pasillo, todavía un poco confundido por la perorata de Andrés, y he cerrado los ojos. He decidido que al abrirlos, al primero que viera, ese sería el que os iba a presentar. Y ese ha sido... ¡Bernardo! Vaya, menuda suerte: si todo el mundo tiene una historia para contar, Bernardo tiene muchas más. Me he dirigido hacia él con la libreta, pero a mitad de camino me ha interrumpido Begoña. Es mayor, me parece que mucho, pero viste siempre como una niña pequeña, con lazos y cintas y esas cosas, y habla con una voz cantarina, como de flauta.
-Estoy muy enfadada contigo -me ha dicho seria.
-¿Conmigo? ¿Y por qué, si puede saberse?
-Sí, puede saberse.
-¿Y qué es?
-No me acuerdo.
Entonces he intentado esquivarla y seguir mi camino, pero ella no se apartaba insistiendo en que estaba enfadada. Entonces le he dicho que si estaba enfadada por aquella vez que le hice tal cosa, y ella: "pues no". O por esto que le dije, o por lo otro, o por aquella otra vez, y ella: "nada de eso". Entonces ha vuelto Andrés de lavarse las manos y nos ha visto y se ha acercado. Y al enterarse de lo que pasaba, como es obsesivo, se ha puesto muy nervioso y ha empezado: "Tienes que acordarte, Begoña, no te puedes quedar con la duda: ¡piensa, piensa... vamos tú puedes sacarlo...!". Y yo diciendo cosas, y Begoña que no era por eso, y Arturo: ¡piensa Begoña!, y dale que te pego los tres, y se han acercado otros pacientes, y Andrés cada vez más nervioso: "leche, Begoña ¡piensa!", y todos los de alrededor: "venga que tú puedes..."
A los cinco minutos ya no podía más y le he dicho:
-Begoña, por aquello que te hice te pido perdón.
-¿Por qué cosa?
-No me acuerdo, pero te pido perdón. ¿Aceptas mis disculpas?
-Las acepto.
-¿Ya no estás enfadada?
-No.
-¿Nos damos un abrazo de reconciliación?
-Vale.
Y nos hemos dado un abrazo mientras todos los que se habían acercado aplaudían con entusiasmo, y el que más Andrés, que tenía cara de alivio y recibía palmadas en la espalda de los que estaban a su lado.

En un momento todo el mundo había vuelto a sus cosas, y yo me he visto sólo en el centro del pasillo pensando en lo que iba a hacer antes de que empezara todo este lío... "¡Ya me acuerdo: hablar con Bernardo!". Pero al volverme ya se había marchado. En fin, tendréis que esperar al próximo día para conocerle. Y yo que me quejaba de estar aburrido...

domingo 14 de septiembre de 2008

El hombre de la ventana.

¡Madre mía, la que se ha montado esta tarde! Ha sido justo después de comer, cuando casi todos andaban sesteando o viendo la tele. De pronto de han oído unos gritos: “¡Que se mata, que se mata!” y todo el mundo ha echado a correr a ver qué es lo que pasaba (bueno todos no, he visto a Luis recogiendo los cigarrillos que se habían quedado en los ceniceros. Es que su familia no le trae tabaco). Bueno el caso es que hemos subido todos al segundo piso que es de dónde venían los gritos y en uno de los despachos hemos visto a un hombre sentado a caballo en la ventana que da al jardín, y estaba gritando: “Iros todos a me tiro, ¡dejadme tranquilo!”. Todas las ventanas de las habitaciones están “bloqueadas” y sólo se abren un poco para ventilar, pero las de los despachos no. Este era el despacho del Dr. Enrique, que ha llegado muy sofocado y todos los que estaban alrededor le han hecho sitio para que hiciera algo. Ha intentado acercarse diciendo “tranquilo, que no pasa nada; anda baja de ahí y vamos a hablar”. Pero el hombre ha sacado aún más el cuerpo por la ventana y el Dr. Enrique le ha dicho “vale está bien” y se ha vuelto a echar hacia atrás.

Por un momento nadie ha sabido que hacer y entonces ha volado una cuerda con un lazo que casi le atrapa al hombre de la ventana por la cabeza, y otro acercaba el mango de una escoba. Y entonces el Dr. Enrique: “¿Pero qué estáis haciendo?”. Y uno: “Tranquilo doctor que casi le engancho con el lazo…” y el otro “Agárrate a la escoba, no seas loco”. Una chica se había arrodillado y lloraba, la mayoría se movían espantados sin saber qué hacer y uno al fondo daba palmadas sin ton ni son. Así que finalmente el Dr. Enrique ha dicho: “¡Todos fuera de aquí ahora mismo!” y lo ha dicho tan serio que le hemos hecho caso, pero yo me he quedado cerca de la puerta para ver lo que pasaba.

Durante muchos minutos el Dr. Enrique y el hombre de la ventana estuvieron hablando. No se oía bien pero parece que le decía que bajara de ahí, hombre, que podían hablar en el despacho. Y el otro que se fuera que se quería morir y que le dejara tranquilo. Y el Dr. Enrique que porqué se quería morir, y eso no es asunto suyo, déjeme tranquilo. Y así mucho rato, pero la gente no se movía del sitio, todos con mucha tensión. Yo he preguntado: “¿no viene algún terapeuta más a ayudar al Dr. Enrique?”. Y Arturo me ha dicho que creía que subía el Dr. Ángel, que había encontrado a tres pacientes sujetando una manta en el jardín y diciendo: “Tírate que te cogemos”, y estaba mandándolos a sus habitaciones y que parece que ya venía. Y así ha sido. Hemos visto como subía muy despacio y entraba en el despacho. Allí estaba el hombre subido en la ventana (ya llevaba por lo menos media hora) y al Dr. Enrique desesperado sin saber qué hacer. Entonces el Dr. Ángel ha dicho: “¿Puede bajarse de ahí, por favor? No queremos que se haga usted daño”. Y el hombre: “No voy a bajarme, quiero morirme”. Y el Dr. Ángel: “¿Hay algo que podamos hacer para convencerle de que no lo haga?”. “¡Nada absolutamente, déjenme tranquilo de una vez!”. El Dr. Ángel ha dado un paso hacia delante y el hombre ha sacado aún más el cuerpo por la ventana, pero el Dr. Ángel no se acercaba para sujetar al hombre sino que ha cogido del brazo al Dr. Enrique y le ha dicho: “Ya le has oído. Hemos hecho lo que hemos podido. Vámonos”. Y se ha llevado al Dr. Enrique que le ha seguido como un cordero pero con cara de pasmo y al salir han cerrado la puerta. Y luego han hecho que todos bajáramos de nuevo a la sala de la tele y que nos quedáramos ahí y a todos nos ha parecido lo más natural del mundo dejar a ese hombre en el quicio de la ventana. “…Una hora detrás de él para convencerle… si se quiere tirar no se le puede impedir… una lástima…” y así todas las conversaciones, con un poco de tristeza y un poco de resignación.

En un rato hemos salido al jardín y el hombre no estaba ya subido en la ventana. Nos hemos asustado un poco, pero tampoco estaba en el suelo del jardín. Entonces hemos subido al despacho y tampoco estaba allí (estaban el Dr. Enrique y el Dr. Ángel hablando bastante tranquilos). Finalmente alguien ha señalado su cuarto y al entrar hemos visto al hombre de la ventana metido en su cama, tapado hasta la nariz y con los ojos cerrados, durmiendo. O eso parecía.

miércoles 10 de septiembre de 2008

Los botes de arroz.

Una de las terapias que hacemos es la "terapia ocupacional". Se llama así pero todo el mundo la conoce como "manualidades". Esto no se lo puedes decir al terapeuta que la lleva que es Eduardo porque se enfada: "No son manualidades, leche, es terapia. A ver si os enteráis de una vez". Y luego empieza a explicar que si promoción de habilidades, que si proceso, recursos, desarrollo, ahondar en las posibilidades... y no se cuántas cosas más, que no se entienden bien. Así que para nosotros, cuando alguien pregunta, "¿qué toca ahora?", "pues manualidades", y ya está todo dicho. Es bastante entretenida porque se usa cartón, madera, pinturas, barro, cuerdas, plastilina... y si cierras los ojos y aspiras los olores, por momentos parece que has vuelto al colegio.

El otro día Eduardo trajo dos botes de cristal con algo dentro. Nos dio que era arroz hervido y que quería hacer un experimento: "Vamos a poner una etiqueta en un bote que diga amor, y en la otro una que diga odio, y los vamos a colocar en la balda. Cada vez que miréis a los botes tenéis que pensar cosas bonitas hacia el bote de amor y cosas negativas hacia el de odio. Y veremos lo que pasa en unos días". Nos quedamos todos intrigadísimos, así que la gente se esforzó bastante en el experimento y algunos se quedaban un rato mirando los botes aunque no hubiera manualidades. A las dos semanas Eduardo bajó los botes y todos nos pusimos alrededor. Los abrió. En el que ponía amor se veía todo el arroz cocido, algo pastoso, pero aún muy blanco. ¡Pero en el de odio había aparecido un mancha negra, como de moho! ¡Qué pasada! Cuando Eduardo preguntó a ver qué conclusión sacábamos, nadie sabía que decir de la sorpresa que teníamos. Al final Carlos dijo que era porque el bote de odio estaba mal cerrado y que se había puesto malo por eso, pero Eduardo le dijo que los dos botes estaban cerrados igual. Entonces ha habido un buen rato de silencio hasta que Alfonso ha levantado la mano. Le hemos mirado y Eduardo ha dicho "¿sí Alfonso?" y él: "Lo que ha pasado es que el bote de odio se ha puesto negro porque es de arroz... ¡con calamares en su tinta!". Y todo el mundo se ha echado a reír y Eduardo se ha enfadado un poco (como cuando te oye decir "manualidades") y ha dicho que éramos una calamidad y que mejor haríamos en darle un poco a "la mollera".

Durante la tarde he estado pensando en porqué se había podido poner negro el bote con la palabra odio y creo que he dado con la solución. Lo he apuntado en mi libreta así: "Los pensamientos positivos hacen que las cosas se mantengan bien, y los negativos que vayan mal". No sé si lo he cogido del todo pero he pensado en enseñárselo mañana a Eduardo, que seguro que está más tranquilo y me lo explica bien.
No sabía si alguien más había pensado acerca del experimento, pero a última hora se me ha acercado Guillermo (le decimos Guille porque es el más joven de los que estamos aquí) y me ha dicho: "Ahora ya sé porque mi padre nos maltrataba a mí y a mis hermanos cuando éramos pequeños: nosotros teníamos la culpa porque le odiábamos y pensábamos mal de él y por eso se volvió así". A mí me ha dado mucha pena y sin saber porqué le he dicho que si eso lo pensaba por el experimento de los botes, que se quedara tranquilo, que Alfonso me había confesado que había puesto una mosca muerta en el bote de odio y que por eso se había puesto malo. Me ha salido así de golpe, y parece que Guille se ha quedado más tranquilo. Yo no mucho. Luego me he ido a buscar a Alfonso para contárselo.

domingo 7 de septiembre de 2008

A la sombra de un sauce llorón.

Hace unos días os conté que Laura le había escrito una poesía al Dr. Enrique, pero lo que no os dije es que me había dado un poco de envidia. Desde entonces tenía "el gusanillo" de escribir yo alguna, para probar, pero no se me ocurría ningún tema. Así que ayer me acerqué al Dr. Rubén, el que es novato, y le pregunté que si él sabía cómo se escribía una poesía, y si me podía sugerir algún tema. Se puso un poco nervioso y me dijo que "lo que tienes que hacer es estar en silencio, dejar la mente en blanco y atender a tu alrededor. Dejas fluir las palabras sin pensar en nada en concreto y cuando alguna idea o sentimiento se concrete en tu cabeza, entonces lo escribes". Y luego se ha ido. Me he dado cuenta que es lo mismo que le dice a los pacientes que hablan mucho e interrumpen en las terapias para que estén callados, pero como no tenía ninguna otra sugerencia he salido al jardín y lo he puesto en práctica.

He paseado un rato entre los árboles del jardín. Al final me he sentado debajo de un sauce. Está sobre un montículo y desde allí he visto la yerba, aún verde a pesar del calor, y un poco más allá la valla de alrededor. Y más allá la colina en descenso, y los caminos que vienen y van desde el hospital. Y luego el pueblo con sus casas blancas y tejados marrones, y la gente como hormiguitas... Y sin saber cómo he pensado en el pueblo al que yo iba de pequeño, en los veranos, en mis padres, en dejar la mente en blanco, en mi hermana, en fluir las palabras, en el juego, en la risa, las ideas y sentimientos que se concretan, en el mar, el paso del tiempo, y finalmente, en escribir...


A la sombra de un sauce llorón.

Reflejos de lejos, de niño pequeño
Patines con ruedas, sonrisas sin ceño
No llega el invierno, el mal no se nombra
El postre es eterno, ¡ni el sol me hace sombra!

¿Tenía catorce, quince, veinte años?
Se me ha hecho un esguince: ¡Mamá, me he hecho daño!
Desvío en el río, ¿dónde está mi cauce?
Me siento a esperarlo a la sombra de un sauce.

Sin apenas viento se apagó la lumbre
Invéntate un cuento y tocarás la cumbre
Pero me pesa el nombre, se rompió el melón
Y llora la sombra de un sauce llorón.


Espero que os haya gustado. Si es así intentaré hacer alguna más.

miércoles 3 de septiembre de 2008

Chicos y chicas.

Han pasado varios días y aún tengo la revista de chicas que tiró el nuevo. Supongo que debería devolvérsela a Raquel, pero reconozco que me gusta mirarla de vez en cuando... Me he parado a pensar en las chicas y los chicos. Aquí en el hospital estamos todos mezclados durante las comidas y las terapias y descansos, pero por la noche tienes que ir a tu cuarto con tu compañero y no se puede pasar al lado de las chicas. Tampoco se permite besarte o tocarte con ellas, pero las "parejitas" se las ingenian para hacerlo sin que les vean. Llamamos parejitas a los que se hacen novios en el hospital, que no son pocos. Yo no he tenido novia en el hospital y a veces creo que quiero. Lo que sí quiero seguro es que me den cariño pero como está mal visto entre los chicos y no se puede con las chicas, pues me acerco a Soledad que es vieja y no cuenta, y siempre me achucha y me da besos porque cree que soy su nieto (ya os lo había dicho, creo).

Lo que quería contaros es que Vicente y Elena ya eran novios antes de entrar. Se conoce que estaban muy enamorados y pasaban todo el tiempo juntos, pero Elena tenía no se qué trastorno que hacía que ingresara con frecuencia. Vicente no podía soportar estar separados, aunque fuera 15 días, así que empezó a decir que él también estaba malo y que lo ingresaran. Al principio le funcionó pero los terapeutas enseguida se dieron cuenta que lo hacía para estar con Elena, porque en cuanto le daban el alta a ella él se curaba "como por arte de magia", y pedía irse. Entonces empezaron a negarle el ingreso, porque ya sabían para qué era. Y él se empeñaba en entrar, y copiaba a otros pacientes, en lo que decían y en lo que hacían, para poder estar con su novia. Elena me contó, orgullosa, que Vicente llegó a hacerse cortes en las muñecas, tomar pastillas, desnudarse, golpearse contra las paredes, y otras cosas con tal de poder ingresar y estar con ella.


Pero un día, después de estar juntos casi un mes en un ingreso, le dieron el alta a ella y cuando Vicente dijo que él también estaba bien y que se quería marchar, los médicos no le dejaron. Parece ser que "de tanto hacer el loco, al final algo se le ha pegado", le oí comentar al Dr. Angel. Vicente se enfureció muchísimo al ver que le negaban la salida y empezó a golpear la puerta con una de las sillas del comedor. Acabó sujeto a una cama con un montón de medicación. Se pasó por lo menos 15 días más ingresado. Elena no volvió a ingresar en ese tiempo, pero venía a visitarle cada día. Entonces él le decía que tenía que ingresarse con él, que probara lo que hiciera falta y que si no lo hacía era porque no le quería. Y muchas veces Elena se iba antes de terminar la visita porque Vicente acababa gritándola sin sentido. Cuando por fin se fue de alta, Elena le dijo que estaba muy enfadada y que quería estar un tiempo separada de él. Vicente se lo tomó fatal e hizo como cuando quería que le ingresaran, pero esta vez lo hacía frente a la casa de Elena para que volviera con él lo antes posible. Un día se subió al tejado y le dijo que si no le hacía caso se iba a tirar. Algunos dicen que se tiró y otros que le resbaló un pié, pero el caso es que se cayó del tejado y se mató, así sin más.

Al poco tiempo Elena ingresó de nuevo, no sé si por lo de su novio o porque le empeoró su enfermedad (o puede que por las dos cosas). El caso es que lleva aquí casi un año y hoy me ha contado esta historia. Al acabar me he acercado a ella y, aunque está prohibido porque es una chica y es joven, la he abrazado y la he acariciado la cabeza como hace conmigo Soledad. Luego han llamado para comer y nos hemos ido. Había lentejas, que aquí son bastante buenas.