Estos últimos días han sido bastante aburridos, no ha pasado nada de particular. He pensado que podría aprovechar para presentaros a alguien, pero no sabía muy bien a quién. Se me ha ocurrido que todo el mundo tiene una historia interesante que contar, así que podría dejar a la suerte que decidiera por mí. Andrés, que es un obsesivo, me ha dicho: "¿Por qué no echas a cara a cruz a cada uno de los pacientes? A los que les sale cara los apuntas y a los que les sale cruz los eliminas. De los que quedan, vuelves a tirar y vas eliminando a los que les sale cruz y así poco a poco. Cara se queda, cruz se elimina y entonces... y sobre estos vuelves a lanzar... lanzo arriba, lanzo para abajo... cruz, cara, cara y cruz... ¿Quieres que te ayude?". Con tanta cara y cruz yo ya no sabía ni dónde estaba. "No gracias, Andrés", le he dicho, pero no se iba ni a la de tres. Así que le he soltado que me parecía que tenía las manos sucias, y como es obsesivo, pues ha salido pitando al baño a lavárselas.
Entonces me he puesto en mitad del pasillo, todavía un poco confundido por la perorata de Andrés, y he cerrado los ojos. He decidido que al abrirlos, al primero que viera, ese sería el que os iba a presentar. Y ese ha sido... ¡Bernardo! Vaya, menuda suerte: si todo el mundo tiene una historia para contar, Bernardo tiene muchas más. Me he dirigido hacia él con la libreta, pero a mitad de camino me ha interrumpido Begoña. Es mayor, me parece que mucho, pero viste siempre como una niña pequeña, con lazos y cintas y esas cosas, y habla con una voz cantarina, como de flauta.
-Estoy muy enfadada contigo -me ha dicho seria.
-¿Conmigo? ¿Y por qué, si puede saberse?
-Sí, puede saberse.
-¿Y qué es?
-No me acuerdo.
Entonces he intentado esquivarla y seguir mi camino, pero ella no se apartaba insistiendo en que estaba enfadada. Entonces le he dicho que si estaba enfadada por aquella vez que le hice tal cosa, y ella: "pues no". O por esto que le dije, o por lo otro, o por aquella otra vez, y ella: "nada de eso". Entonces ha vuelto Andrés de lavarse las manos y nos ha visto y se ha acercado. Y al enterarse de lo que pasaba, como es obsesivo, se ha puesto muy nervioso y ha empezado: "Tienes que acordarte, Begoña, no te puedes quedar con la duda: ¡piensa, piensa... vamos tú puedes sacarlo...!". Y yo diciendo cosas, y Begoña que no era por eso, y Arturo: ¡piensa Begoña!, y dale que te pego los tres, y se han acercado otros pacientes, y Andrés cada vez más nervioso: "leche, Begoña ¡piensa!", y todos los de alrededor: "venga que tú puedes..."
A los cinco minutos ya no podía más y le he dicho:
-Begoña, por aquello que te hice te pido perdón.
-¿Por qué cosa?
-No me acuerdo, pero te pido perdón. ¿Aceptas mis disculpas?
-Las acepto.
-¿Ya no estás enfadada?
-No.
-¿Nos damos un abrazo de reconciliación?
-Vale.
Y nos hemos dado un abrazo mientras todos los que se habían acercado aplaudían con entusiasmo, y el que más Andrés, que tenía cara de alivio y recibía palmadas en la espalda de los que estaban a su lado.
En un momento todo el mundo había vuelto a sus cosas, y yo me he visto sólo en el centro del pasillo pensando en lo que iba a hacer antes de que empezara todo este lío... "¡Ya me acuerdo: hablar con Bernardo!". Pero al volverme ya se había marchado. En fin, tendréis que esperar al próximo día para conocerle. Y yo que me quejaba de estar aburrido...
martes 16 de septiembre de 2008
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