¡Madre mía, la que se ha montado esta tarde! Ha sido justo después de comer, cuando casi todos andaban sesteando o viendo la tele. De pronto de han oído unos gritos: “¡Que se mata, que se mata!” y todo el mundo ha echado a correr a ver qué es lo que pasaba (bueno todos no, he visto a Luis recogiendo los cigarrillos que se habían quedado en los ceniceros. Es que su familia no le trae tabaco). Bueno el caso es que hemos subido todos al segundo piso que es de dónde venían los gritos y en uno de los despachos hemos visto a un hombre sentado a caballo en la ventana que da al jardín, y estaba gritando: “Iros todos a me tiro, ¡dejadme tranquilo!”. Todas las ventanas de las habitaciones están “bloqueadas” y sólo se abren un poco para ventilar, pero las de los despachos no. Este era el despacho del Dr. Enrique, que ha llegado muy sofocado y todos los que estaban alrededor le han hecho sitio para que hiciera algo. Ha intentado acercarse diciendo “tranquilo, que no pasa nada; anda baja de ahí y vamos a hablar”. Pero el hombre ha sacado aún más el cuerpo por la ventana y el Dr. Enrique le ha dicho “vale está bien” y se ha vuelto a echar hacia atrás.
Por un momento nadie ha sabido que hacer y entonces ha volado una cuerda con un lazo que casi le atrapa al hombre de la ventana por la cabeza, y otro acercaba el mango de una escoba. Y entonces el Dr. Enrique: “¿Pero qué estáis haciendo?”. Y uno: “Tranquilo doctor que casi le engancho con el lazo…” y el otro “Agárrate a la escoba, no seas loco”. Una chica se había arrodillado y lloraba, la mayoría se movían espantados sin saber qué hacer y uno al fondo daba palmadas sin ton ni son. Así que finalmente el Dr. Enrique ha dicho: “¡Todos fuera de aquí ahora mismo!” y lo ha dicho tan serio que le hemos hecho caso, pero yo me he quedado cerca de la puerta para ver lo que pasaba.
Durante muchos minutos el Dr. Enrique y el hombre de la ventana estuvieron hablando. No se oía bien pero parece que le decía que bajara de ahí, hombre, que podían hablar en el despacho. Y el otro que se fuera que se quería morir y que le dejara tranquilo. Y el Dr. Enrique que porqué se quería morir, y eso no es asunto suyo, déjeme tranquilo. Y así mucho rato, pero la gente no se movía del sitio, todos con mucha tensión. Yo he preguntado: “¿no viene algún terapeuta más a ayudar al Dr. Enrique?”. Y Arturo me ha dicho que creía que subía el Dr. Ángel, que había encontrado a tres pacientes sujetando una manta en el jardín y diciendo: “Tírate que te cogemos”, y estaba mandándolos a sus habitaciones y que parece que ya venía. Y así ha sido. Hemos visto como subía muy despacio y entraba en el despacho. Allí estaba el hombre subido en la ventana (ya llevaba por lo menos media hora) y al Dr. Enrique desesperado sin saber qué hacer. Entonces el Dr. Ángel ha dicho: “¿Puede bajarse de ahí, por favor? No queremos que se haga usted daño”. Y el hombre: “No voy a bajarme, quiero morirme”. Y el Dr. Ángel: “¿Hay algo que podamos hacer para convencerle de que no lo haga?”. “¡Nada absolutamente, déjenme tranquilo de una vez!”. El Dr. Ángel ha dado un paso hacia delante y el hombre ha sacado aún más el cuerpo por la ventana, pero el Dr. Ángel no se acercaba para sujetar al hombre sino que ha cogido del brazo al Dr. Enrique y le ha dicho: “Ya le has oído. Hemos hecho lo que hemos podido. Vámonos”. Y se ha llevado al Dr. Enrique que le ha seguido como un cordero pero con cara de pasmo y al salir han cerrado la puerta. Y luego han hecho que todos bajáramos de nuevo a la sala de la tele y que nos quedáramos ahí y a todos nos ha parecido lo más natural del mundo dejar a ese hombre en el quicio de la ventana. “…Una hora detrás de él para convencerle… si se quiere tirar no se le puede impedir… una lástima…” y así todas las conversaciones, con un poco de tristeza y un poco de resignación.
En un rato hemos salido al jardín y el hombre no estaba ya subido en la ventana. Nos hemos asustado un poco, pero tampoco estaba en el suelo del jardín. Entonces hemos subido al despacho y tampoco estaba allí (estaban el Dr. Enrique y el Dr. Ángel hablando bastante tranquilos). Finalmente alguien ha señalado su cuarto y al entrar hemos visto al hombre de la ventana metido en su cama, tapado hasta la nariz y con los ojos cerrados, durmiendo. O eso parecía.
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