miércoles 16 de julio de 2008

Alfonso no mira a los ojos.

El hospital está sobre una colina. Es muy grande, con muchos pabellones y jardines entre ellos. Se tarda un buen rato en recorrerlo todo a pie, y a veces te parece que es la colina la que está debajo de él aguantando todo el peso. En el peso también se incluyen a las personas. Como la mayor parte de los pacientes pasan mucho tiempo en la cama y sólo se mueven para comer, muchos están muy gordos. Carlos ya era gordo cuando llegó, pero Alfonso no. Era flaco y ahora tiene una tripa "cervecera". No sé por qué se llama así porque en el hospital no venden cerveza.
Como digo hay muchos gordos, pero también chicas muy flacas. Las llaman anoréxicas. Son muy raras. No comen nada y se pasan el día moviéndose. Incluso sentadas no paran de mover los pies. Ellas dicen que están gordas, y no hay quien las saque de ahí.
Pero no quiero hablar de las anoréxicas hoy. Dije que iba a hablar de Alfonso y es lo que voy a hacer. Es el hombre que siempre mira al suelo y que reconoce a a gente por los zapatos, y también por las nalgas. Antes miraba a la cara, pero un día decidió que no lo iba a hacer más. Pensaba que si miraba a alguien a los ojos podría matarlo y por eso aparta siempre la vista aunque tú te agaches y le busques la mirada. Uno de los psiquiatras intentó usar un espejo para ver si le "pillaba", pero no funcionó. Le pusieron medicación y hace poco me contó que ya no piensa que vaya a matar a nadie por mirarle, pero sigue sin levantar la vista: "Total, para lo que hay que ver...", me dijo un día. Además, desde que mira el suelo ha ahorrado 127 euros con todas las monedas que encuentra. (También encontró una dentadura postiza, pero eso no tiene mérito porque era la de Soledad, que se la deja en todos los sitios).
Visto así quizá no sea tan malo lo de mirar al suelo.