Han pasado varios meses desde la última vez que os escribí. Puede que pensarais que algo me había pasado, y la verdad es que han sucedido muchas cosas en este hospital. Cosas sorprendentes y algunas terribles, hasta el punto de pensar que no volvería a salir nunca aquí. Y no sólo a mí: Cristina desapareció durante días sin que nadie supiera donde estaba, y yo mismo me enfrasqué en su búsqueda hasta dar con el secreto que guardaba y que tanto la había hecho sufrir.
Uno de los médicos de los que os he hablado durante estos meses fue despedido de forma fulminante lo que supuso una revolución para todos, y más de un paciente acabó sujeto a la cama lleno de calmantes, entre gritos y protestas. Las correas de cuero, las inyecciones, los guardias de seguridad y el electroshock fueron palabras que se repitieron con temor en estos meses.
Pero no sólo sucedieron cosas malas sino que algunas situaciones que rozaban la tragedia se resolvieron de forma casi milagrosa en el último momento.
Como veis, no he tenido tiempo para poner en palabras todos estos acontecimientos y es ahora, pasados unos días en los que la calma parece haber llegado de nuevo a nuestras vidas, cuando me planteo narrarlo todo. Pero tendréis que perdonarme y aguardar un tiempo hasta que ordene en mi cabeza, aún confusa, lo sucedido. Os prometo reproducir fielmente los personajes, las frases y los hechos y entregároslo sólo cuando esté listo. Es la única manera que se me ocurre de que podáis compartir la sorpresa, el sufrimiento, la incertidumbre y la alegría que vivimos en este hospital en los últimos tiempos.
Puede que me lleve algunas semanas o quizá, de nuevo, meses. Pero tened la seguridad de que estaré escribiendo y de que podréis ser partícipes de todo, absolutamente todo. Sin más mentiras ni secretos.
Hasta entonces, os dejo con el último relato que escribí antes de que se desencadenara la espiral de acontecimientos, y que ni siquiera tuve tiempo de de compartir. Se llama “El celador”. Espero que os guste y... ¡hasta muy pronto!
ÁLVARO, EL CELADOR
Es un hombre corpulento. No gordo, sino grande: debe pesar más de cien kilos, que reparte de manera uniforme por todo el cuerpo. Así que tiene un poco de barriga, espalda y cuello gruesos, y unas piernas y brazos anchos y algo más cortos de lo habitual, que se mueven muy poco al andar. Se llama Álvaro y es uno de los celadores del turno de mañana. La mayor parte del tiempo la pasa abriendo la puerta de entrada a los familiares de los enfermos, empujando camillas y sillas de ruedas y a ratos lee revistas y libros con figuras humanas llenas de huesos y músculos. Parece un trabajo fácil, y casi siempre lo es. Pero los celadores se encargan de otras cosas y entre ellas una que no es nada agradable: cuando un paciente se agita, hay una pelea, alguien se agrede o pega a otro, el celador acude para ayudar sujetarlo.
La mayor parte de las veces basta con que la persona a la que van a sujetar vea que se acerca el personal de seguridad con el celador y quizá con alguno de los terapeutas, para que inmediatamente deje de pegarse, romper o amenazar, y colabore para que le sujeten a la cama con las correas de cuero acolchadas durante un rato (y probablemente con una dosis extra de calmante). Es como si esos pacientes estuvieran buscando un límite, alguien que les frene porque ellos no pueden hacerlo. Y tan sólo con saber que ese límite ya ha llegado, ceden sin oponer resistencia y muchas veces con alivio.
Pero no siempre es tan fácil. A veces pacientes no se resignan a ser contenidos por la fuerza y tratan de negociar. Una salida digna suele consistir en que el paciente acceda “voluntariamente” a pasar un par de horas en su cuarto sin salir y, seguramente, con un calmante pinchado en las posaderas, como alternativa a acabar sujeto a la cama.
Pero en otras ocasiones no hay rendición ni negociación posibles y el paciente agitado, nervioso o fuera de sí, se atrinchera en su cuarto o contra la pared del pasillo y dice con la mirada, “estoy aquí, venid a cogedme si queréis, pero sabed que no lo pondré fácil”. Es el momento en el que la enfermera se dirige a los demás pacientes y les dice que se vayan a su cuarto durante un rato, que aquí ya no hay nada más que ver. Entonces el personal de seguridad se coloca alrededor del paciente, que grita y protesta sin que ya nadie le hace caso. Y luego, tras una señal, se abalanzan sobre él para reducirlo, y mientras forcejea y patalea, una aguja se hunde en su piel antes de acabar sujeto a una cama y sedado durante varias horas.
Pero Álvaro no necesita hacer esto. Porque Álvaro tiene un don: consigue que la gente haga las cosas que les pide. O mejor dicho, consigue que la gente haga las cosas que tienen que hacer. Se acerca despacio, desplazando su enorme corpachón, llega hasta la persona, la mira y le dice: por favor haz esto. Y ya está. Sin alterarse, sin alzar la voz, sin ponerse nervioso. Tan sólo mira, asertivo, firme, cercano. Y lo dice. Y la persona sabe que le están diciendo algo que tiene que hacer. No como una imposición, sino como el recordatorio de algo que está dentro de uno mismo, un deseo o una obligación retenidas, que esperaban el momento de poder cumplirse. Por favor, haz esto. Y ya está.
Así el martes pasado cuando Armando se agitó golpeando la pared con una silla y los de seguridad miraban como el psiquiatra agotaba la negociación y con ella las posibilidades de una resolución fácil, fue Álvaro el que finalmente dio un paso al frente. El doctor Ángel, que era el psiquiatra que intentaba calmar los ánimos y el resto del personal, dejaron caer los brazos y dieron un discreto paso atrás. Álvaro llegó a Armando, que sostenía la silla a media altura de forma amenazante. “Armando por favor, deja esa silla en el suelo y acompáñame a tu cuarto”. Hizo el gesto de volverse pero Armando no se movió, salvo un segundo después para alzar aún más la silla. “Armando, -retomó tranquilo- hay dos maneras de resolver esto y nosotros vamos a hacerlo bien. Así que haz el favor de dejar la silla y sígueme”. Y entonces se giró sin dar más explicaciones ni mirar atrás. Avanzó un paso y luego otro. Armando no se movió pero al tercer paso, dejó la silla en el suelo y siguió a Álvaro hasta alcanzarle cerca de su cuarto, donde el doctor Ángel pudo darle una pastilla tranquilizante y terminar con el conflicto.
¿Por qué os cuento todo esto? Pues para presentaros a Álvaro, con el que coincidí en la sala de estar poco después del incidente con Armando. Estaba sólo y miraba por la ventana. Sin una intención muy clara me acerqué y me quedé a su lado sin hablar. Entonces apenas volviendo la vista me dijo: “Llevo un peso, muchacho”. Parecía cansado. Pensé que se refería a lo que acababa de pasar. “A mí me parece que ha salido todo muy bien. Armando se ha quedado muy tranquilo”. Hizo un gesto con la mano como para descartar que se tratara de eso. “No ha sido nada. Armando quería colaborar, y yo tan sólo le abrí la puerta. Cualquiera puede hacerlo”. Eso no era verdad, yo lo sabía, pero él parecía creer lo contrario. Se giró hacia mí me miró por primera vez y empezó a hablar de otra cosa. Me gustó que confiara en mí así que centré toda mi atención en aquello que empezaba a decirme, y que intuía era acerca del peso que lastraba.
«Verás muchacho, esto que voy a contarte sucedió hace mucho tiempo. Era yo bastante joven. Estudiaba y a la vez estaba implicado junto a otros compañeros en algunos movimientos universitarios, que nos daban la posibilidad de protestar y soñar con que podíamos cambiar las cosas. Hacíamos panfletos, dábamos charlas informativas, reuniones y cosas así. Y también organizábamos manifestaciones de vez en cuando en las que de una manera un tanto irresponsable, cortábamos alguna calle al tráfico, hasta que la policía llegaba y nos disolvía. Habitualmente al ver llegar a la policía salíamos corriendo y todo se terminaba sin más incidentes que algún esguince y algún moratón. Comulgábamos con el pacifismo así que nunca nos enfrentábamos ni provocábamos a nadie directamente. La policía lo sabía y se limitaban a correr un poco detrás de nosotros para que pareciera que se empleaban a fondo, de cara a los conductores cabreados y a los vecinos molestos por el ruido de los megáfonos.
Esto era lo habitual, pero una vez pasó algo. Habíamos cortado una calle pequeña del centro. Era agosto y hacía un calor insoportable. Además la ciudad estaba medio vacía y nadie parecía enterarse de que allí había unos estudiantes protestando por alguna causa perdida. Estábamos aburridos y achicharrados, y en secreto esperábamos que llegara la policía para tener una excusa y poder marcharnos a casa o a tomar unas cervezas. Tardaron un poco, pero finalmente vinieron. Eran seis o siete en una furgoneta, seguramente tan aburridos y sudorosos como nosotros. Aún así hicieron el amago de disolvernos sacando las porras y corriendo unos metros detrás de nosotros. Correspondimos con algunas consignas de protesta e indignación por “semejante barbarie”, mientras nos dábamos la vuelta y trotábamos despacio para alejarnos, pensando más en el resto de la tarde que en lo que allí sucedía. Entonces me caí. Sí, tropecé con un bordillo sin darme cuenta y caí de rodillas. Me rezagué unos segundos del resto mientras me miraba las manos y las rodillas algo magulladas. Ya trataba de incorporarme cuando uno de los policías llegó hasta mí. Al principio supuse que se acercaba para ver si me encontraba bien, pero no fue así. Se paró y me miró a través de la visera de su casco protector. Pensé que iba a preguntarme algo, pero entonces alzó la porra y la descargó sobre mi cabeza con todas sus fuerzas. Apenas tuve tiempo de girarme y recibí el golpe en toda la ceja que se abrió como un libro. Empezó a manar sangre a borbotones. La descarga de adrenalina hizo que instintivamente me pusiera de pie y saliera disparado en dirección contraria sin mirar atrás. Cuando me alejé lo suficiente me giré para ver si me seguía, pero no era así. Después del porrazo tan sólo se había dado la vuelta para reunirse con sus compañeros como si tal cosa.
Podrás imaginar los sentimientos de rabia e indignación que me asaltaron en los siguientes días, incluso semanas. Me parecía tan injusto todo aquello: que alguien hubiera usado la violencia de una manera tan desmesurada contra una persona que estaba en el suelo indefensa, y además de forma gratuita. Como te digo muchacho, pasó bastante tiempo, pero al final me olvidé de todo aquel asunto a la vez que también me alejaba de los movimientos estudiantiles de protesta que aún recuerdo con orgullo y cierta nostalgia. Parece que la edad nos limita la capacidad para quejarnos y soñar...
Todo esto pasó hace veinte años. Yo no había vuelto a pensar en aquel incidente en todo este tiempo... miento, muchacho. Alguna vez alguien me preguntaba por la pequeña cicatriz que se asoma por la ceja, ¿la ves?, y yo contaba escuetamente esta historia como una vieja anécdota sin emoción y casi olvidada. Así era hasta hace unos días.
Tú me ves aquí todas las mañanas, pero lo que seguramente no sabes es que también trabajo algunas noches en el servicio de urgencias del hospital general. No es un trabajo tan cómodo como puede ser este, pero te mantiene la cabeza alerta y pagan bien. El jueves hubo un aviso. Traían a un policía que había recibido un disparo en una reyerta. Ya le habían examinado los médicos de la ambulancia. La bala le había afectado el hombro. Una herida limpia, pero aún así tenía que pasar por el quirófano para limpiarla y suturar. Cuando llegó le metieron en una de las salas preoperatorias. Mi jefe me dijo, Álvaro, pasa y prepáralo para la operación. Cuando entré a la sala vi a un hombre de unos 55 años, algo grueso. Estaba consciente y se miraba serio la herida del hombro izquierdo, sin expresar dolor. Se giró hacia mí en cuanto me oyó entrar. Le pregunté qué tal se encontraba y le expliqué a qué venía. Asintió con la cabeza y colaboró en todo momento pero sin decir una palabra. Me fijé en que no me quitaba ojo de encima, pero no a lo que iba haciendo, sino a mi cara. Me miraba mientras cogía las tijeras y acababa de cortar la camisa, mientras le ayudaba a levantarse y luego le subía en la camilla, mientras le acomodaba el reposacabezas. Me estaba incomodando, aunque no veía enfado en su mirada, sino curiosidad. Entonces para romper el hielo le pregunté: “¿le duele la herida?”. No me contestó. Se quedó callado un instante y luego me dijo: “¿No te acuerdas de mí, verdad?”.
Me quedé paralizado. Quizá me estaba confundiendo con otra persona, pero intuía que no era así. Al ver mi expresión prosiguió: “¿No estabas hace unos veinte años en una manifestación estudiantil cerca de la estación de trenes? Protestabais sobre una nueva ley de educación, y habíais cortado el tráfico de la calle Laurel”. Sí, había estado en esa manifestación. Me vi con veinte años menos en la calle Laurel, con el sol dándome en la frente, cansado, sudoroso. Me vi corriendo, me vi caerme. Me vi con la ceja sangrando, me vi rabioso y enfadado. Todos esas sensaciones y sentimientos se agolparon de nuevo en mi estómago empujando con fuerza para salir... Entonces, sin darme tiempo a responder me dijo: “No sabes lo que he lamentado todo este tiempo el golpe que te dí. Lo siento mucho”.
No lo esperaba, créeme. De ninguna de las maneras. Me miró tierno, sentido. Me lo había dicho de verdad. No se acordaba que estaba con el hombro agujereado y a punto de entrar en un quirófano. En ese momento tan sólo quería disculparse conmigo por aquello que había hecho.
Yo estaba bloqueado. No sabía qué decir. Durante mucho tiempo había fantaseado con encontrar de nuevo a aquel hombre y devolverle el porrazo, romperle el coche, insultarle... lo que fuera. Y ahora lo tenía delante de mí, indefenso y, completamente arrepentido. Al final pude asentir y le hice una mueca de complicidad. Quise decirle, no pasa nada, todo aquello ya pasó, ya está olvidado. Pero no pude. En su lugar le dije sonriendo: “Pues ahora es usted el que está en mis manos, así que sea obediente y pórtese bien”. El hombre también sonrió, se reclinó en la camilla y cerró los ojos sin decir nada más. Tenía el gesto relajado, como el de alguien que se hubiera quitado un peso de encima. En cambio yo me veía azorado, incómodo, contradictorio.
Estuve durante la operación, mirándole mientras el anestesista le dormía y cuando le limpiaron y cosieron la herida. Después me encargué de llevarle a la sala de reanimación. “Se despertará en unos minutos -me dijo el cirujano-. Quédate con él un rato hasta que llegue su familia”. Asentí.
Y entonces sucedió. Lo hice sin pensar, en cuanto vi que empezaba a despertar de la anestesia. Me salió como un resorte, en automático, y aún no me explico porqué. Verás. Me acerqué a él, me puse a su lado y mientras aquel hombre empezaba a pestañear para abrir los párpados, le cogí de los pezones y se los pellizqué con todo la fuerza que pude, mientras pensaba, “¡por capullo!”. El pobre gimió débilmente y entonces le solté. Me quedé mirándole sonriendo hasta que se despertó por completo. “No se mueva -le dije-, ha salido todo bien. Su familia está a punto de llegar”. El asintió despacio. “¿Le duele la herida?”, le pregunté. Se quedó un segundo callado evaluando internamente su cuerpo, y dijo: “No, lo que me duelen son los pezones”. “No se preocupe -respondí-, eso es normal. Es por la anestesia”.
En ese momento entraban por la puerta su mujer y una niña que supuse su hija, así que me despedí con una sonrisa y me retiré discretamente.
Y esta es la historia, muchacho. Y aunque el primer día después de que pasara noté un cierto alivio, ahora creo que no actué bien y siento una extraña desazón. ¿Tú qué opinas, muchacho? ¿Estuvo bien lo que hice?»
Había escuchado la historia de Álvaro con suma atención, pero ahora su pregunta directa me descolocaba. No sabía qué decirle. Tenía la mente bloqueada con la imagen de un policía somnoliento con los pezones rojos como tomates. Para salir del apuro le dije lo primero que me vino a la cabeza: “Un pezón rojo, vale menos que un porrazo. Sangre roja, pezón rojo. El karma se ha equilibrado con justicia. Y como he oído decir, lo que no sale por un sitio, sale por el otro. Descansa en paz”. Me salió así, todo seguido. Del tirón, y sin sentido. Álvaro, el celador que consigue que los demás hagan lo que deben, me miró confuso. Sin saber muy bien cómo, le aguanté la mirada. Y cuando vi que empezaba a asentir lentamente, le sonreí, me dí la vuelta y volví con los demás pacientes.