jueves 23 de julio de 2009

El celador.

Han pasado varios meses desde la última vez que os escribí. Puede que pensarais que algo me había pasado, y la verdad es que han sucedido muchas cosas en este hospital. Cosas sorprendentes y algunas terribles, hasta el punto de pensar que no volvería a salir nunca aquí. Y no sólo a mí: Cristina desapareció durante días sin que nadie supiera donde estaba, y yo mismo me enfrasqué en su búsqueda hasta dar con el secreto que guardaba y que tanto la había hecho sufrir.

Uno de los médicos de los que os he hablado durante estos meses fue despedido de forma fulminante lo que supuso una revolución para todos, y más de un paciente acabó sujeto a la cama lleno de calmantes, entre gritos y protestas. Las correas de cuero, las inyecciones, los guardias de seguridad y el electroshock fueron palabras que se repitieron con temor en estos meses.

Pero no sólo sucedieron cosas malas sino que algunas situaciones que rozaban la tragedia se resolvieron de forma casi milagrosa en el último momento.

Como veis, no he tenido tiempo para poner en palabras todos estos acontecimientos y es ahora, pasados unos días en los que la calma parece haber llegado de nuevo a nuestras vidas, cuando me planteo narrarlo todo. Pero tendréis que perdonarme y aguardar un tiempo hasta que ordene en mi cabeza, aún confusa, lo sucedido. Os prometo reproducir fielmente los personajes, las frases y los hechos y entregároslo sólo cuando esté listo. Es la única manera que se me ocurre de que podáis compartir la sorpresa, el sufrimiento, la incertidumbre y la alegría que vivimos en este hospital en los últimos tiempos.

Puede que me lleve algunas semanas o quizá, de nuevo, meses. Pero tened la seguridad de que estaré escribiendo y de que podréis ser partícipes de todo, absolutamente todo. Sin más mentiras ni secretos.

Hasta entonces, os dejo con el último relato que escribí antes de que se desencadenara la espiral de acontecimientos, y que ni siquiera tuve tiempo de de compartir. Se llama “El celador”. Espero que os guste y... ¡hasta muy pronto!

ÁLVARO, EL CELADOR

Es un hombre corpulento. No gordo, sino grande: debe pesar más de cien kilos, que reparte de manera uniforme por todo el cuerpo. Así que tiene un poco de barriga, espalda y cuello gruesos, y unas piernas y brazos anchos y algo más cortos de lo habitual, que se mueven muy poco al andar. Se llama Álvaro y es uno de los celadores del turno de mañana. La mayor parte del tiempo la pasa abriendo la puerta de entrada a los familiares de los enfermos, empujando camillas y sillas de ruedas y a ratos lee revistas y libros con figuras humanas llenas de huesos y músculos. Parece un trabajo fácil, y casi siempre lo es. Pero los celadores se encargan de otras cosas y entre ellas una que no es nada agradable: cuando un paciente se agita, hay una pelea, alguien se agrede o pega a otro, el celador acude para ayudar sujetarlo.

La mayor parte de las veces basta con que la persona a la que van a sujetar vea que se acerca el personal de seguridad con el celador y quizá con alguno de los terapeutas, para que inmediatamente deje de pegarse, romper o amenazar, y colabore para que le sujeten a la cama con las correas de cuero acolchadas durante un rato (y probablemente con una dosis extra de calmante). Es como si esos pacientes estuvieran buscando un límite, alguien que les frene porque ellos no pueden hacerlo. Y tan sólo con saber que ese límite ya ha llegado, ceden sin oponer resistencia y muchas veces con alivio.

Pero no siempre es tan fácil. A veces pacientes no se resignan a ser contenidos por la fuerza y tratan de negociar. Una salida digna suele consistir en que el paciente acceda “voluntariamente” a pasar un par de horas en su cuarto sin salir y, seguramente, con un calmante pinchado en las posaderas, como alternativa a acabar sujeto a la cama.

Pero en otras ocasiones no hay rendición ni negociación posibles y el paciente agitado, nervioso o fuera de sí, se atrinchera en su cuarto o contra la pared del pasillo y dice con la mirada, “estoy aquí, venid a cogedme si queréis, pero sabed que no lo pondré fácil”. Es el momento en el que la enfermera se dirige a los demás pacientes y les dice que se vayan a su cuarto durante un rato, que aquí ya no hay nada más que ver. Entonces el personal de seguridad se coloca alrededor del paciente, que grita y protesta sin que ya nadie le hace caso. Y luego, tras una señal, se abalanzan sobre él para reducirlo, y mientras forcejea y patalea, una aguja se hunde en su piel antes de acabar sujeto a una cama y sedado durante varias horas.

Pero Álvaro no necesita hacer esto. Porque Álvaro tiene un don: consigue que la gente haga las cosas que les pide. O mejor dicho, consigue que la gente haga las cosas que tienen que hacer. Se acerca despacio, desplazando su enorme corpachón, llega hasta la persona, la mira y le dice: por favor haz esto. Y ya está. Sin alterarse, sin alzar la voz, sin ponerse nervioso. Tan sólo mira, asertivo, firme, cercano. Y lo dice. Y la persona sabe que le están diciendo algo que tiene que hacer. No como una imposición, sino como el recordatorio de algo que está dentro de uno mismo, un deseo o una obligación retenidas, que esperaban el momento de poder cumplirse. Por favor, haz esto. Y ya está.

Así el martes pasado cuando Armando se agitó golpeando la pared con una silla y los de seguridad miraban como el psiquiatra agotaba la negociación y con ella las posibilidades de una resolución fácil, fue Álvaro el que finalmente dio un paso al frente. El doctor Ángel, que era el psiquiatra que intentaba calmar los ánimos y el resto del personal, dejaron caer los brazos y dieron un discreto paso atrás. Álvaro llegó a Armando, que sostenía la silla a media altura de forma amenazante. “Armando por favor, deja esa silla en el suelo y acompáñame a tu cuarto”. Hizo el gesto de volverse pero Armando no se movió, salvo un segundo después para alzar aún más la silla. “Armando, -retomó tranquilo- hay dos maneras de resolver esto y nosotros vamos a hacerlo bien. Así que haz el favor de dejar la silla y sígueme”. Y entonces se giró sin dar más explicaciones ni mirar atrás. Avanzó un paso y luego otro. Armando no se movió pero al tercer paso, dejó la silla en el suelo y siguió a Álvaro hasta alcanzarle cerca de su cuarto, donde el doctor Ángel pudo darle una pastilla tranquilizante y terminar con el conflicto.

¿Por qué os cuento todo esto? Pues para presentaros a Álvaro, con el que coincidí en la sala de estar poco después del incidente con Armando. Estaba sólo y miraba por la ventana. Sin una intención muy clara me acerqué y me quedé a su lado sin hablar. Entonces apenas volviendo la vista me dijo: “Llevo un peso, muchacho”. Parecía cansado. Pensé que se refería a lo que acababa de pasar. “A mí me parece que ha salido todo muy bien. Armando se ha quedado muy tranquilo”. Hizo un gesto con la mano como para descartar que se tratara de eso. “No ha sido nada. Armando quería colaborar, y yo tan sólo le abrí la puerta. Cualquiera puede hacerlo”. Eso no era verdad, yo lo sabía, pero él parecía creer lo contrario. Se giró hacia mí me miró por primera vez y empezó a hablar de otra cosa. Me gustó que confiara en mí así que centré toda mi atención en aquello que empezaba a decirme, y que intuía era acerca del peso que lastraba.

«Verás muchacho, esto que voy a contarte sucedió hace mucho tiempo. Era yo bastante joven. Estudiaba y a la vez estaba implicado junto a otros compañeros en algunos movimientos universitarios, que nos daban la posibilidad de protestar y soñar con que podíamos cambiar las cosas. Hacíamos panfletos, dábamos charlas informativas, reuniones y cosas así. Y también organizábamos manifestaciones de vez en cuando en las que de una manera un tanto irresponsable, cortábamos alguna calle al tráfico, hasta que la policía llegaba y nos disolvía. Habitualmente al ver llegar a la policía salíamos corriendo y todo se terminaba sin más incidentes que algún esguince y algún moratón. Comulgábamos con el pacifismo así que nunca nos enfrentábamos ni provocábamos a nadie directamente. La policía lo sabía y se limitaban a correr un poco detrás de nosotros para que pareciera que se empleaban a fondo, de cara a los conductores cabreados y a los vecinos molestos por el ruido de los megáfonos.

Esto era lo habitual, pero una vez pasó algo. Habíamos cortado una calle pequeña del centro. Era agosto y hacía un calor insoportable. Además la ciudad estaba medio vacía y nadie parecía enterarse de que allí había unos estudiantes protestando por alguna causa perdida. Estábamos aburridos y achicharrados, y en secreto esperábamos que llegara la policía para tener una excusa y poder marcharnos a casa o a tomar unas cervezas. Tardaron un poco, pero finalmente vinieron. Eran seis o siete en una furgoneta, seguramente tan aburridos y sudorosos como nosotros. Aún así hicieron el amago de disolvernos sacando las porras y corriendo unos metros detrás de nosotros. Correspondimos con algunas consignas de protesta e indignación por “semejante barbarie”, mientras nos dábamos la vuelta y trotábamos despacio para alejarnos, pensando más en el resto de la tarde que en lo que allí sucedía. Entonces me caí. Sí, tropecé con un bordillo sin darme cuenta y caí de rodillas. Me rezagué unos segundos del resto mientras me miraba las manos y las rodillas algo magulladas. Ya trataba de incorporarme cuando uno de los policías llegó hasta mí. Al principio supuse que se acercaba para ver si me encontraba bien, pero no fue así. Se paró y me miró a través de la visera de su casco protector. Pensé que iba a preguntarme algo, pero entonces alzó la porra y la descargó sobre mi cabeza con todas sus fuerzas. Apenas tuve tiempo de girarme y recibí el golpe en toda la ceja que se abrió como un libro. Empezó a manar sangre a borbotones. La descarga de adrenalina hizo que instintivamente me pusiera de pie y saliera disparado en dirección contraria sin mirar atrás. Cuando me alejé lo suficiente me giré para ver si me seguía, pero no era así. Después del porrazo tan sólo se había dado la vuelta para reunirse con sus compañeros como si tal cosa.

Podrás imaginar los sentimientos de rabia e indignación que me asaltaron en los siguientes días, incluso semanas. Me parecía tan injusto todo aquello: que alguien hubiera usado la violencia de una manera tan desmesurada contra una persona que estaba en el suelo indefensa, y además de forma gratuita. Como te digo muchacho, pasó bastante tiempo, pero al final me olvidé de todo aquel asunto a la vez que también me alejaba de los movimientos estudiantiles de protesta que aún recuerdo con orgullo y cierta nostalgia. Parece que la edad nos limita la capacidad para quejarnos y soñar...

Todo esto pasó hace veinte años. Yo no había vuelto a pensar en aquel incidente en todo este tiempo... miento, muchacho. Alguna vez alguien me preguntaba por la pequeña cicatriz que se asoma por la ceja, ¿la ves?, y yo contaba escuetamente esta historia como una vieja anécdota sin emoción y casi olvidada. Así era hasta hace unos días.

Tú me ves aquí todas las mañanas, pero lo que seguramente no sabes es que también trabajo algunas noches en el servicio de urgencias del hospital general. No es un trabajo tan cómodo como puede ser este, pero te mantiene la cabeza alerta y pagan bien. El jueves hubo un aviso. Traían a un policía que había recibido un disparo en una reyerta. Ya le habían examinado los médicos de la ambulancia. La bala le había afectado el hombro. Una herida limpia, pero aún así tenía que pasar por el quirófano para limpiarla y suturar. Cuando llegó le metieron en una de las salas preoperatorias. Mi jefe me dijo, Álvaro, pasa y prepáralo para la operación. Cuando entré a la sala vi a un hombre de unos 55 años, algo grueso. Estaba consciente y se miraba serio la herida del hombro izquierdo, sin expresar dolor. Se giró hacia mí en cuanto me oyó entrar. Le pregunté qué tal se encontraba y le expliqué a qué venía. Asintió con la cabeza y colaboró en todo momento pero sin decir una palabra. Me fijé en que no me quitaba ojo de encima, pero no a lo que iba haciendo, sino a mi cara. Me miraba mientras cogía las tijeras y acababa de cortar la camisa, mientras le ayudaba a levantarse y luego le subía en la camilla, mientras le acomodaba el reposacabezas. Me estaba incomodando, aunque no veía enfado en su mirada, sino curiosidad. Entonces para romper el hielo le pregunté: “¿le duele la herida?”. No me contestó. Se quedó callado un instante y luego me dijo: “¿No te acuerdas de mí, verdad?”.

Me quedé paralizado. Quizá me estaba confundiendo con otra persona, pero intuía que no era así. Al ver mi expresión prosiguió: “¿No estabas hace unos veinte años en una manifestación estudiantil cerca de la estación de trenes? Protestabais sobre una nueva ley de educación, y habíais cortado el tráfico de la calle Laurel”. Sí, había estado en esa manifestación. Me vi con veinte años menos en la calle Laurel, con el sol dándome en la frente, cansado, sudoroso. Me vi corriendo, me vi caerme. Me vi con la ceja sangrando, me vi rabioso y enfadado. Todos esas sensaciones y sentimientos se agolparon de nuevo en mi estómago empujando con fuerza para salir... Entonces, sin darme tiempo a responder me dijo: “No sabes lo que he lamentado todo este tiempo el golpe que te dí. Lo siento mucho”.

No lo esperaba, créeme. De ninguna de las maneras. Me miró tierno, sentido. Me lo había dicho de verdad. No se acordaba que estaba con el hombro agujereado y a punto de entrar en un quirófano. En ese momento tan sólo quería disculparse conmigo por aquello que había hecho.

Yo estaba bloqueado. No sabía qué decir. Durante mucho tiempo había fantaseado con encontrar de nuevo a aquel hombre y devolverle el porrazo, romperle el coche, insultarle... lo que fuera. Y ahora lo tenía delante de mí, indefenso y, completamente arrepentido. Al final pude asentir y le hice una mueca de complicidad. Quise decirle, no pasa nada, todo aquello ya pasó, ya está olvidado. Pero no pude. En su lugar le dije sonriendo: “Pues ahora es usted el que está en mis manos, así que sea obediente y pórtese bien”. El hombre también sonrió, se reclinó en la camilla y cerró los ojos sin decir nada más. Tenía el gesto relajado, como el de alguien que se hubiera quitado un peso de encima. En cambio yo me veía azorado, incómodo, contradictorio.

Estuve durante la operación, mirándole mientras el anestesista le dormía y cuando le limpiaron y cosieron la herida. Después me encargué de llevarle a la sala de reanimación. “Se despertará en unos minutos -me dijo el cirujano-. Quédate con él un rato hasta que llegue su familia”. Asentí.

Y entonces sucedió. Lo hice sin pensar, en cuanto vi que empezaba a despertar de la anestesia. Me salió como un resorte, en automático, y aún no me explico porqué. Verás. Me acerqué a él, me puse a su lado y mientras aquel hombre empezaba a pestañear para abrir los párpados, le cogí de los pezones y se los pellizqué con todo la fuerza que pude, mientras pensaba, “¡por capullo!”. El pobre gimió débilmente y entonces le solté. Me quedé mirándole sonriendo hasta que se despertó por completo. “No se mueva -le dije-, ha salido todo bien. Su familia está a punto de llegar”. El asintió despacio. “¿Le duele la herida?”, le pregunté. Se quedó un segundo callado evaluando internamente su cuerpo, y dijo: “No, lo que me duelen son los pezones”. “No se preocupe -respondí-, eso es normal. Es por la anestesia”.

En ese momento entraban por la puerta su mujer y una niña que supuse su hija, así que me despedí con una sonrisa y me retiré discretamente.

Y esta es la historia, muchacho. Y aunque el primer día después de que pasara noté un cierto alivio, ahora creo que no actué bien y siento una extraña desazón. ¿Tú qué opinas, muchacho? ¿Estuvo bien lo que hice?»

Había escuchado la historia de Álvaro con suma atención, pero ahora su pregunta directa me descolocaba. No sabía qué decirle. Tenía la mente bloqueada con la imagen de un policía somnoliento con los pezones rojos como tomates. Para salir del apuro le dije lo primero que me vino a la cabeza: “Un pezón rojo, vale menos que un porrazo. Sangre roja, pezón rojo. El karma se ha equilibrado con justicia. Y como he oído decir, lo que no sale por un sitio, sale por el otro. Descansa en paz”. Me salió así, todo seguido. Del tirón, y sin sentido. Álvaro, el celador que consigue que los demás hagan lo que deben, me miró confuso. Sin saber muy bien cómo, le aguanté la mirada. Y cuando vi que empezaba a asentir lentamente, le sonreí, me dí la vuelta y volví con los demás pacientes.


sábado 18 de abril de 2009

El palo.

Ha sido una conmoción para todos. Vale que habitualmente hay peleas y roces entre los pacientes: que si por el tabaco, que si déjame tranquilo que me tienes frito, y cosas así. Pero no suele pasar a mayores. En el último mes habrán habido una o dos peleas de estas que se acaban en cuanto se acerca uno de los terapeutas y pone orden. Además todo el mundo sabe que si te pasas con un compañero o te lías a tirar sillas o a darte con la cabeza en las paredes, enseguida te cogen y te sujetan en la cama durante un buen rato con una dosis extra de medicación. Así que las riñas y golpes aquí son poco frecuentes y uno puede pasearse tan tranquilo sabiendo que al menos físicamente estás seguro. Vale que al doctor Rubén le dieron un buen tortazo una vez (ya os hablé de ello), pero si preguntas a cualquiera de las terapeutas que han venido a trabajar embarazadas si tenían miedo de que alguien les hiciera daño a ellas o a su bebé, te mirarían sorprendidas y te dirías que ni lo habían pensado.

Así que lo de esta noche... casi nadie aquí recuerda nada parecido. Veréis. Se trata de Marcos. Tiene 25 años o por ahí y no llevará ingresado más de un mes. Por lo que pude hablar con él supe que desde hace un par de años tenía problemas con sus padres. Un hermano suyo había fallecido siendo muy pequeño y sus padres se habían volcado en él. Le sobreprotegían desde niño y pretendían controlar todos sus movimientos. Me dijo que al principio eso no le importaba e incluso que lo entendía. Pero ahora, ya hecho un hombre y con la carrera universitaria recién acabada, convivir con ellos resultaba una pesadilla. Así que decidió viajar a un país extranjero a colaborar en unos proyectos de desarrollo en zonas desfavorecidas. Lo cierto es que se le daba muy bien, pero el hecho de verse fuera del control de sus padres hizo que experimentara con cosas que antes no había probado. Empezó a salir de copas, fumar hachís, y cosas así. Todo fue bien al principio pero en una noche de excesos algo hizo "clic" en su cabeza. En menos de 24 horas se vio a sí mismo en un hospital gritando que estaba siendo espiado por nosecuantas organizaciones internacionales, que tenía la misión de salvar el mundo y que lo iba a conseguir con sus nuevos superpoderes de leer la mente y no tener la necesidad de dormir durante meses. En fin. Sus compañeros de trabajo se encargaron de enviarle en un avión de vuelta a casa y Marcos se vio de nuevo, bajo la protección y control de sus padres, que le recibieron preocupados y, por qué no decirlo, con cierto alivio.

Ingresó a los dos días de volver con su familia para realizar un tratamiento. Le dijeron que se debía probablemente a las drogas y que si todo iba bien la cosa desaparecería en poco tiempo. Después de tres semanas Marcos se había dado cuenta de que se le "había ido un poco la cabeza" aunque aún pensaba que debía haber algo de cierto en eso de que le estaban vigilando. El caso es que es que la tomó un poco con su compañero de cuarto, Joaquín, que tenía su misma edad. Éste llevaba ingresado seis meses y prácticamente no había hablado con nadie. Era un chico básicamente "raro". Se pasaba la mayor parte del tiempo sentado en la sala fumando o viendo la tele, pero Marcos pensaba que la tenía tomada con él y no se fiaba. Esto hacía que no descansara bien por las noches pensando que Joaquín podría hacerle algo. Se quejó al Dr. Enrique y este le miró y le dijo: "¿Pero tú no decías que no te hacía falta dormir?". Y no le hizo mucho más caso.

Cada día que pasaba Marcos tenía más ojeras de no descansar y me confesó que se había guardado un palo de madera del jardín bajo la almohada para defenderse si le hacía falta. Harto de la situación volvió al Dr. Enrique. Esta vez le dijo que ya sabía porqué no se encontraba bien con su compañero: "Me he dado cuenta de que me recuerda a mi hermano pequeño, el que falleció. Por eso no estoy a gusto con él. ¿La ansiedad que siento puede tener que ver con eso, doctor?". Era mentira, pero ante la duda el Dr. Enrique cedió y ese mismo día le cambió de habitación con otro compañero, ya mayor, que llevaba mucho tiempo ingresado. Marcos se mostró satisfecho y supo que por fin, podría descansar a gusto. Después de cenar, en cuanto puso la cabeza en la almohada, se quedó profundamente dormido.

A las cuatro de la mañana, el nuevo compañero de Marcos se levantó, desatornilló con mucho cuidado una de las patas de la cama, y sin mediar palabra empezó a darle con ella a Marcos en todas las partes de su cuerpo. Marcos apenas pudo dar uno o dos gritos de alarma mientras intentaba protegerse de todo el aluvión de golpes que le venían encima. El celador y la enfermera de guardia apenas tardaron un minuto en llegar a la habitación desde la que oyeron los gritos, pero fue suficiente para encontrarse a Marcos molido a palos: al llegar, le vieron lleno de magulladuras y chichones y sangrando profusamente de una brecha en la frente. En la cama contigua su compañero se había vuelto a meter a la cama, que se tambaleaba un poco de una de las patas, y parecía descansar plácidamente.

Lo que pasó después fue muy rápido. Los padres de Marcos se lo llevaron al día siguiente de alta voluntaria, mientras gritaban encolerizados que allí no habían sabido cuidar de su hijo y que ellos lo iban a hacer a partir de ahora "como lo hemos hecho toda la vida". A Marcos no pareció importarle volver bajo las faldas de sus padres y salió jurando, con los morros hinchados, que no iba a volver a fumar un porro en su "puñetera vida". Al paciente que lo había agredido le trasladaron a una de las plantas en las que había sólo camas individuales y por lo que pudimos enterarnos no dijo una sola palabra acerca de lo que había pasado ni los motivos para haber haber golpeado a Marcos.
En los días posteriores hubo una oleada de "curaciones milagrosas" entre los pacientes menos graves, que solicitaron insistentemente el alta voluntaria. Oí al Dr. Enrique decir a una de las enfermeras que si había otro episodio como este la planta se quedaría vacía "en menos que canta un gallo".

¿Y los demás? Los demás estuvimos unos días preocupados por lo sucedido y volvimos a nuestras cosas. Pensé un poco alrededor de esto. ¿Tenía ahora miedo de estar aquí ingresado? La verdad es que sólo durante uno o dos días. Y entonces, ¿cómo era ésto posible después de haber sucedido una cosa tan impactante y que rara vez ocurre? ¿Cómo podíamos contemplarlo después de tan pocos días como un recuerdo lejano, como una mera anécdota?. Le planteé mis dudas a Alfonso. Éste me miró sonriendo, pero con una mueca algo triste, y me dijo: "Es la rutina, querido amigo, que tiene mucho hambre: se lo come todo". Y después, se fue.

viernes 20 de marzo de 2009

La brisa.

La brisa entró por la ventana apenas entreabierta. Cruzó la habitación y salió al pasillo. Allí movió el pelo liso y cano de Isabel que se giraba inquieta y preguntaba a todo el que veía, "¿eres tú mi hermano?", cuando todos sabían, incluida ella, que su hermano había muerto hacía muchos años. La brisa siguió por el pasillo, sin prisa y se entretuvo un instante en formar un remolino en el humo de los cigarrillos de Víctor y Adrián que se miraban, sonreían y asentían con complicidad y sin palabras. Llegó hasta el mostrador de las enfermeras y distrajo al Dr. Rubén de su flirteo con una enfermera, volteando las páginas de un periódico de otro día. Un poco más adelante la brisa coincidió con María, cuando salía de la habitación recién duchada y con el pelo mojado. Su contacto le produjo un breve escalofrío al punto que la hizo volverse a por una chaquetilla.

Se deslizó por la pared sin apenas ruido hasta llegar al panel de corcho lleno de dibujos coloreados y notas dedicadas, sujetas por chinchetas de plástico. Álvaro se giró al ver que una nota caía al suelo. Cuando se acercó a recogerla se dio cuenta de que era suya: un poema que había escrito en una de las terapias. Al ver su firma y la fecha le pareció que debían de estar equivocadas, o que otro paciente había escrito exactamente lo mismo que él, pero muchos meses antes.
Cuando la brisa alcanzó a Inés y Valentín ni siquiera se percataron de su existencia, nerviosos como estaban de rozarse las manos por debajo de la mesa. Aún pensaban que nadie les había visto besarse el día anterior. Mientras, la enfermera Rosa, consciente de todo, les miraba con disimulo y se debatía entre hacer valer la norma que impedía las relaciones entre los pacientes o dejarles disfrutar de los pocos ratos de felicidad que también a ella le costaba encontrar.

Se abrió la puerta de un despacho. Salió alguien enfadado y la brisa entró. Dentro, el doctor Ángel se quitaba las gafas al tiempo que suspiraba, y sin darse cuenta las empañó. Mientras se frotaba los ojos cansado, a ratos desilusionado y descreído, la brisa pasó entre sus dedos y borró el vaho de las lentes justo antes de que el doctor Ángel se las pusiera de nuevo para seguir enfocando las vidas de los otros, las historias y miserias ajenas, para después escribirlas detalladamente con la pluma que su mujer le regalara cuando aún se hablaban sin discutir.
Por un instante la brisa perdió empuje y pareció dispuesta a descansar fundida con el aire quieto y cálido del hospital, pero en el último momento recobró impulso y llegó al final del pasillo, donde yo esperaba sentado con la cabeza agachada y los hombros hundidos por el peso de mi decisión.
Al aspirarla un aroma de flores recién estrenadas inundó mi pensamiento e inmediatamente tuve la plena consciencia de dos hechos: que después de ver los brotes y los capullos apretados durante los últimos días, la primavera había estallado por fin; y que en algún lugar del pasillo, alguien se había dejado una ventana abierta.

Levanté la cabeza y busqué con la mirada. Todas las ventanas de las habitaciones de los pacientes están clausuradas así que me centré en los despachos. Enseguida encontré la puerta del despacho del doctor Rubén entreabierta, moviéndose ligeramente mientras él charlaba con una de las enfermeras en prácticas. Al fin una salida. Salida del hospital, de la desesperanza, de la medicación, de la desilusión, de la enfermedad, de la vida sin sentido. Tan sólo acercarse, tomar impulso y saltar hacia el alivio, hacia la libertad. Muy fácil.
Me levanté muy despacio para no alertar a nadie de lo que pasaba y empecé a caminar muy despacio por el pasillo. No estaba lejos, apenas unos metros, pero el trayecto entre los compañeros y los terapeutas se me hizo eterno. Me paré junto a la puerta y me giré. Por un momento la mirada del doctor Rubén se centró en mí. Esperé quieto hasta que se volvió y entonces, de un movimiento rápido, entré en el despacho. Sin perder tiempo me dirigí a la ventana. Entonces un golpe de aire hizo que la puerta se cerrara con un sonoro portazo detrás de mí. Oí voces en el pasillo y pasos acelerados. Alguien se había dado cuenta de que estaba allí, pero eso ya no importaba. Me acerque a la ventana y con la mano derecha la abrí de para en par. Cogí aire y...

En el momento en el que el doctor Rubén irrumpía en la habitación gritando, "¡no lo hagas!", yo estaba cerrando la ventana aliviado. Por un instante se me quedó mirando sorprendido sin saber qué decir. Entonces me expliqué: "Discúlpeme doctor Rubén. Me he dado cuenta de que estaba abierta la ventana y me he apresurado a cerrarla para evitar que nadie tuviera la tentación de hacer una tontería. Ya me salgo". El doctor Rubén no sabía que decir, así que me dejó salir del despacho balbuceando un "gracias". Yo volvía a mi silla y a mis cavilaciones con la sensación de haber hecho algo correcto. Me sentía satisfecho y algo aliviado de mis preocupaciones.

Después de cenar el doctor Rubén se acercó a mí, ya más relajado: "Te reitero las gracias -me dijo-, pero la próxima vez avisa a uno de los terapeutas antes de entrar solo a un despacho, ¿vale?". Asentí con la cabeza. "Una cosa más antes de irme -añadió-: ¿por qué pensaste que alguien podría aprovechar la ventana abierta para... ya sabes... tirarse, o algo por el estilo?. "Muy fácil doctor Rubén: porque yo mismo lo había pensado tan sólo unos días atrás".
El doctor Rubén se quedó unos segundos mirándome sin decir nada, y como no sabía si iba a preguntarme algo más o no, me levanté sonriéndole y me fui a acostar.

sábado 28 de febrero de 2009

Raro.

Me siento extraño. Llevo varios días con esa sensación. No es ni bien, ni mal, sino una mezcla entre la desidia, la euforia y la desesperanza. Me planteo: ¿pueden cambiar las cosas? No lo sé, pero si lo hacen, ¿servirá de algo, o será lo mismo sólo que de otra manera? Ya me veis, confundido, sin algo sólido a lo que agarrarme, extraño. Seguramente no entendéis nada de esto que os digo, así que voy a tratar de explicaros lo que ha pasado estos días y quizá así sea más fácil.

Pasó el día de los enamorados. Ya os conté que por la noche (justo antes de que acabara el día) pude llevar una nota con una rama verde al cuarto de Cristina. Durante todo el día siguiente estuve nervioso, pensando/esperando que ella se acercara a decirme algo, si le había gustado, y eso. Pero no pasó nada. Yo la miraba de lejos a ver si se comportaba diferente o si me buscaba con la vista. Nada. Llegué a pensar que no sabría quién le habría escrito la carta de amor, pero aunque la escribí muy rápido y a última hora, estaba casi seguro de que la había firmado. Me pasé el día detrás de ella a ver si hablaba con alguien más de lo habitual, pero no vi nada raro: estuvo sola la mayor parte del día y por la tarde fue a buscar a Carlos, pero este prefería estar con Alfonso y los demás echando una partida de cartas que con ella. A Cristina no pareció importarle demasiado y se fue a su cuarto a leer.

Un poco desilusionado me acerqué a la zona del control de las enfermeras y estuve hojeando algunos periódicos de los días pasados. Era raro ver los mapas del tiempo llenos de soles amarillos cuando hacía ya varios días que una neblina cubría el cielo. Entonces una de las enfermeras dijo: "Dr. Rubén, una llamada para usted". El doctor Rubén salió del despacho limpiándose unas migas de pan de la boca. Me pareció verle más mayor, como si en los últimos meses hubiera crecido, o envejecido, pero en el buen sentido. Cogió el teléfono: "¿Si?... ¡Hola Ramón! Bien muy bien, ¿y tú?... Claro, claro que le conozco. ¿Para un caso de esquizofrenia? Puedes enviarle el paciente sin ningún problema, es un excelente profesional. No te preocupes si es grave, lo hará muy bien... Ja, ja, de nada hombre. Gracias a tí por llamarme. Un abrazo... adiós". Una de las enfermeras preguntó que quién era. "Era el Dr. Santos, me ha preguntado por Sanz, el psiquiatra del Hospital Provincial para mandarle una caso". "Pero Dr. Rubén -contestó la enfermera- el Dr. Sanz ya no está en el Provincial, sacó plaza para el ambulatorio hace unos meses". Y el Dr. Rubén dijo: "¡Coño! es verdad. Me estaría preguntando por otro médico... bueno, es igual, seguro que también lo hace bien... Estaré un rato más en el despacho acabando algunos informes. Avisadme si hay algo". Y entonces el Dr. Rubén volvió a su despacho, y es entonces cuando empezé a sentirme raro.

Pasé la tarde solo, dando vueltas, pensando en nada. La cena estuvo bien pero la comí sin apetito. No tenía ganas de quedarme a fumar con los demás antes de acostarme, así que en cuanto terminé la cena fuí para mi cuarto. Traté de leer, pero no me concentraba. Apagué la luz y enseguida me quedé dormido. Entonces algo me despertó. Más bien alguien. Alguien que se había metido en mi cama y me abrazaba por la espalda. No me hizo falta darme la vuelta para saber quién era porque ese cuerpo flaco y puntiagudo sólo podía ser el de Cristina. Me quedé muy quieto, nervioso, sin decir nada. Entonces Cristina puso su mano entre mis piernas y empezó a tocarme. Fue muy rápido, y enseguida me vino un latigazo de placer. Sin decir nada Cristina salió de mi cama y se marchó sigilosa. Yo me quedé inmóvil, mucho rato, con los ojos abiertos, intentando descifrar cómo me sentía. Pero me dormí antes de saberlo.

No sé si ahora podréis entenderme mejor. Me siento raro en los últimos días. Pensaba que entendía las cosas, pero ahora no lo sé. Estoy confuso, cansado. Sé que voy mejor de mi enfermedad, y que hasta Cristina me ha hecho caso... Pero curiosamente, creo que ya no quiero estar aquí.

sábado 14 de febrero de 2009

Febrero.

Ha salido el sol. Lleva varios días sin que le moleste ninguna nube y a ratos casi hace calor. A la gente le ha sorprendido tener que quitarse el jersey en el jardín a la hora del paseo y se ha formado un corrillo. Algunos decían que no era normal tan buena temperatura en estas fechas y otros argumentaban que sí. Así han estado un rato debatiendo y levantado la voz hasta que alguien ha dicho: "En febrero, busca la sombra el perro...". Y todos se han callado asumiendo que este era el argumento que necesitaban para zanjar la discusión. Pero después de un momento de tranquilidad otro ha añadido: "... a finales, no a primeros". Y como estamos a día 14, justo en el medio, se han vuelto a enzarzar.
El caso es que a los árboles les asoman ya las yemas o los brotes (no estoy seguro de la diferencia), y las zonas del césped que estaban secas se empiezan a cubrir de verde. La gente parece más activa y animada. Se habla más alto, se escuchan más risas y todo el mundo se demora para ir las terapias, e incluso cuando llaman para comer. La rutina, el lugar y las personas son las mismas, pero extrañamente todo parece costar menos: te levantas sin tanto esfuerzo, no te importa afeitarte (te das cuenta porque las enfermeras dejan de insistir), hablas más, estás contento a ratos y por momentos no te pesa el llevar muchos meses de ingreso.

¿Está todo bien? Pues eso parece. Incluso los terapeutas están más relajados y sonrientes. Bueno, no todos. Veréis. Esta tarde me he acercado un rato al mostrador de enfermería. Estaban charlando el Dr. Rubén, el Dr. Enrique, el Dr. Ángel y la enfermera María. También hablaban sobre el tiempo y decían que ya era hora de que mejorara un poco, que repercutía positivamente en los pacientes, que todo se hace más cómodo... y cosas así. Pero el Dr. Angel, que yo creo que es un poco pesimista, decía que vale, que en parte era de esa manera, pero que "en cuatro días verás como se ponen los bipolares". Yo ya sabía lo que eran los bipolares. Son los que sufren episodios de euforia y depresión, pero no sabía porqué los relacionaba el doctor Angel con el buen tiempo. Y al parecer sus compañeros tampoco, porque no le hacía mucho caso y le decían que era un "agorero".

Pero entonces se ha escuchado un grito por el pasillo. Y luego un portazo. Y luego se ha visto a Eduardo (que es un "bipolar") corriendo a todo trapo desnudo por el pasillo, al grito de "¡yo soy la razóooooooon!". Y los terapeutas han puesto cara de susto (menos el doctor Angel), y han salido corriendo detrás de Eduardo, (menos el Dr. Angel, que como es más mayor y nunca le he visto correr, se ha quedado quieto meneando la cabeza como diciendo: si ya lo sabía yo). Y en menos que canta un gallo se ha formado un grupo en el que delante iba Eduardo corriendo desnudo como si estuviera poseído, y detrás los terapeutas con la lengua fuera. Y así han estado un rato persiguiéndole, dado vueltas por el edificio y el jardín, mientras algunos pacientes se morían de risa, otros se unían a la persecución y Julio el gordito aprovechaba para robar galletas.

No he podido ver cómo ha terminado la cosa, pero a última hora Eduardo estaba sujeto a la cama, con ración doble de medicación y durmiendo como un bendito.
He querido salir un rato al jardín pero hacía un buen rato que se había metido el sol y ya no era tan agradable. Entonces he ido a mi cuarto pensando que había sido un día bueno y divertido, pero con la extraña sensación de que me faltaba algo, sin saber el qué. Y esa sensación se ha mantenido durante la cena, y mientras todos comentaban la anécdota de Eduardo, yo no podía parar de pensar en el refrán de "febrero y el perro". Y no ha sido hasta que ya llevaba un buen rato en la cama sin poder dormir, cuando me he dado cuenta: ¡era 14 de febrero, el día de los enamorados! Entonces he visto que faltaban apenas quince minutos para las doce y me he levantado a todo correr. He escrito unas palabras en una hoja de mi cuaderno, la he arrancado y sin hacer mucho ruido he salido corriendo hacia el otro lado del pasillo. No he llamado mucho la atención de las enfermeras porque había algunos pacientes que se habían levantado a fumar. Así que al final he conseguido llegar al cuarto que quería. He abierto la puerta, pero antes de entrar he arrancado una rama de hojas verdes de la maceta del pasillo. Y entonces, ya dentro, he visto a Cristina con su pelo rubio y lacio, que casi le cubría la cara por completo, descansando plácidamente. Y sin hacer ruido me he acercado y la he mirado un rato. Entonces ella ha hecho un gesto y yo me he apresurado a dejar la nota y la rama en su mesita de noche y he salido aprisa.
Y finalmente he llegado a mi cuarto y me he metido en la cama con el corazón acelerado. Entonces he mirado el reloj, y al ver que eran las doce menos cinco, satisfecho, y sin darme cuenta, me he quedado dormido.

domingo 1 de febrero de 2009

Tarde de invierno.

Hace un invierno largo y duro (de hecho ha estado nevando esta mañana), pero por alguna extraña razón parece reconfortarnos a todos. He estado pensando un rato sobre esto y creo que es porque se parece a esos días fríos y lluviosos en los que no te apetece nada más que quedarte en casa a ver la tele o leer. Así, pensando lo malo que hace ahí afuera, a todos se nos hace más llevadero estar aquí encerrados, a resguardo del mal tiempo.
Y eso también se nota en el ambiente que es relajado y tranquilo. Además parece que ese estado de calma se trasmite de unos pacientes a otros, y también a las enfermeras, que se permiten ojear una revista y tomar un café sin prisas. Se oyen pocos gritos y hay más conversaciones y he decidido pasear por la sala y los pasillos sin nada más que hacer que acercarme a unos y a otros a pasar el rato.
Se me ha ido el tiempo volando y última hora me he puesto a escribir. Y como no había sucedido nada especial en los últimos días, lejos de la rutina habitual, os voy a describir alguna de las personas con la que he estado esta tarde y las cosas que contaban.

-Leandro hablaba con Alfonso de cómo perdió el diente que le falta: "Verás, siempre fui muy impulsivo. Un día discutiendo con mi mujer tiré el anillo de casado por la ventana, así sin pensar, y cuando se me pasó el enfado diez minutos más tarde me pasé seis horas buscándolo por la acera. Con el diente me pasó parecido. Tenía un fuerte dolor de muelas y fui al dentista y le dije: sáqueme este diente que me está matando. Y él me decía que ese no era, que no había que sacarlo, y yo que sí, que haga el favor, sáquemelo de una vez. Hasta que al final el hombre, presionado, cedió y me lo quitó y... efectivamente no era. El dolor se me pasó con antibióticos y ahora tengo un hueco en la dentadura que me sirve para sujetar el cigarro...".

-Marina contaba a otra mujer porqué lleva aquí ingresada un año: "... como tenía prisa no me acordé de coger las llaves. Entonces me vi en la calle en pijama y bata y con la bolsa de la basura en la mano. En menos que canta un gallo una ambulancia que pasaba por allí me metió dentro y me trajo aquí. Como iba en pijama por la calle creyeron que estaba loca. Me costó un montón convencerlos de que no me pasaba nada y que me llevaran de vuelta a casa. A partir de ese día, para evitar problemas empecé a tirar la basura por la ventana. ¡Y no te lo vas a creer! Los mismos de la ambulancia vinieron a casa con la policía y vuelta para el hospital. Y ya ves, aquí llevo por lo menos doce meses. Si es que no sabe una como acertar...".

-Andrés explicaba algunas de sus teorías psicológicas a César que estaba comiendo una tarta de chocolate. Andrés habla muy rimbombante y pone nombres raros a sus teorías como "el retroceso del proceso", "la inversión de los esfuerzos" y cosas así. No paraba de hablar y César lo miraba de vez en cuando mientras masticaba. Cuando se terminó el trozo le preguntó: "Andrés, ¿vas a comerte el tuyo?". Y Andrés le dijo: "No, puedes comértelo tú si quieres", y empezó a explicarle cómo se podía reforzar la voluntad absteniéndose de comer la tarta de chocolate, que le encantaba, en un proceso que él llamaba "la voluntad o la colorización del alma". Cuando terminó le preguntó a César a ver qué le parecía su teoría. César que estaba ya limpiándose la boca con la servilleta le dijo: "No he entendido nada, pero opino que eres tonto". Y se dio la vuelta y se marchó.

-Víctor y Julio estaban sentados uno junto al otro mirando al suelo, fumando, sin hablar y yo me he sentado con ellos también. Llevan aquí poco tiempo y vinieron por un problema de drogas o algo así. Ninguno decía nada ni levantaba la vista. Al cabo de diez minutos Víctor dijo en voz baja: "Una vez vino DJ Manny a poner su música en una discoteca para la fiesta de fin de año. Cuando terminó me acerqué y le felicité el año". "¿Y qué te dijo él?", preguntó Julio. Y Víctor contestó: "Feliz año".

Y así se me ha pasado la tarde. Después de escribir esto he mirado por la ventana y he visto que había vuelto a nevar un poco, pero menos fuerte. Y he sonreído y me he alegrado, aunque sea por un rato, de estar aquí en el hospital a resguardo, protegido y a salvo. Y he pensado en el momento en que me metería en la cama hecho un ovillo, tapado hasta la nariz y quieto, muy quieto, para que el frío de fuera no pueda meterse dentro...

domingo 18 de enero de 2009

La inspiración.

Bueno, estos días han sido algo más tranquilos, lo que quiere decir que me he aburrido un poco. He pensado en escribir, para matar el tiempo, pero como no pasaba nada interesante lo he ido dejando. Hoy por la mañana me he acordado de que os tenía que hablar de Egaña, así que me ha parecido una buena idea hacerlo hoy. Lo primero que seguramente querréis saber es qué es lo que le pasa para estar aquí. Pues os lo voy a decir: nada. A Egaña no le pasa nada, salvo que tiene mucho pelo (le cubre toda la cabeza y casi toda la cara) y cuando se tumba en el suelo tienes que mirarle los pies para saber si está boca arriba o boca abajo.

Es músico. Toca la guitarra. Hace unos años tocaba en un grupo de rock que era bastante famoso (o eso me dijo): "Yo tocaba en la banda de Joey (que en realidad se llamaba Ramón). ¡Menudo genio! Con la guitarra no tenía igual y su voz volvía locas a las chicas: era tan profunda y rasgada que parecía que hiciera gárgaras por las mañanas con el agua de los ceniceros. Completamos varias giras bastante exitosas. Vale, sí, puede que también se pasara un poco con las drogas, pero ya sabes chico: ¡Sex, drugs and rock and roll!"

En una de las últimas giras Joey invitó a toda la banda, a periodistas y amigos a su casa de la costa. Era algo raro porque cuando descansaba de las giras le gustaba estar casi todo el tiempo sólo pensando en las nuevas canciones. Les hizo esperar a todos en la puerta corredera del salón. Entonces dijo: "ya podéis pasar chicos". Cuando abrieron la puerta se encontraron que Joey había decorado la casa con 347 velas de color rojo. Estaba vestido con lencería fina de señora y un picardías transparente. Llevaba una bandeja de plata con una montaña de 3 kilos de garbanzos cocidos. Daba saltitos por la casa y gritaba "¡la cena está servida!" mientras lo ponía todo perdido de garbanzos. Los cincuenta invitados se quedaron estupefactos mirando aquel espectáculo sin saber qué hacer. Entonces Egaña, con los ojos como platos dio un paso al frente y preguntó: "Pero Dios mío Joey, ¿qué has hecho?". A lo que Joey contestó: "Garbanzos cocidos".

Lo trajeron al hospital psiquiátrico. En pocos días toda aquella locura pasó, pero entonces Joey entró en una profunda depresión. Pasó meses casi sin hablar, encerrado en su cuarto. Alguien le trajo una guitarra y a ratos se le oí tocar. Lo médicos dijeron que todo había sido por las drogas y que poco a poco se recuperaría. Y así fue. Poco antes de su alta le dieron un permiso para visitar a su familia y a los amigos. Joey se escapó y no regresó al hospital. A los pocos días le encontraron muerto por sobredosis en la habitación de un hotel.

Fue Egaña el que vino a recoger las cosas de Joey al hospital. Encontró un cuaderno en el que Joey había escrito sin que nadie se hubiera dado cuenta, un montón de canciones. En ellas hablaba de su vida, las drogas, la depresión, sus esperanzas, su primer amor... Decidió con el resto de la banda, grabarlas y sacarlas a la luz. Fueron un éxito arrollador. Hicieron una gira por todo el país que duró tres años y durante mucho tiempo el disco con las canciones póstumas de Joey fue de los más vendidos. Al cabo de los meses la banda finalmente se disolvió y poco a poco la gente fue olvidándose de todo aquello. Pero Egaña decidió que no se perdería la memoria de su líder y amigo. Fue entonces cuando, vestido con lencería fina y un picardías transparente, ingresó por primera vez en el hospital.

Los médicos pensaron que se había vuelto loco con la muerte de Joey y que había hecho un "delirio de identificación". Pero en pocos días todo aquello desapareció y a Egaña le dieron el alta. Cada año, coincidiendo con la fecha de la muerte de Joey, Egaña volvía a ingresar de manera parecida y a los pocos días volvía a salir de alta. Entonces organizaba una gira por bares pequeños, tocando las viejas canciones de la banda y otras nuevas que él componía, y así, hasta el siguiente año.

Casi todos los veteranos de aquí le conocen y se alegran de que venga, porque también trae su guitarra y ameniza las horas tocando. Hace un tiempo estuvimos hablando durante mucho rato y fue cuando me contó esta historia. Yo le pregunté porqué seguía ingresando cada año, porque le vi bastante normal. Entonces me dijo: "Mira chico. Lo hago por un par de razones. La primera es por Joey. Cada vez que ingreso, la prensa se hace eco y el nombre de Joey vuelve a sonar durante un tiempo. Es una manera de rendirle homenaje y de que no se le olvide a él ni a su música. También es cierto, no lo voy a negar, que me permite que yo siga haciendo giras con las viejas canciones y así seguir viviendo así de la música, que es lo que más amo en el mundo. Y hay una última razón. Estando aquí, Joey escribió sin duda las mejores canciones de su carrera. Tengo la fantasía de que aquí podré encontrar algo de su inspiración, y por eso siempre traigo la guitarra y escribo, esperando conseguir algún tema que llegue a ser un éxito como los suyos".

Egaña se marchó hace unos días completamente recuperado de su "delirio". Antes de marcharse le pregunté si podía escribir su historia y me dijo que estaría encantado y que a cambio me dedicaría una de las canciones que había empezado a escribir. Me hizo mucho ilusión y le pregunté que cómo se iba a llamar. Me miró ilusionado y me dijo: "Loco, loco, amor".

No le dije nada, pero para ingresar todos los años en un psiquiátrico vestido con un picardías en busca de inspiración, no me pareció demasiado original...